Acaba de fallecer a los 85 años, de la secuela de un derrame cerebral hace dos meses, y ha dejado un legado que muy pocos monarcas mundiales boricuas podrían emular.

Para empezar, se coronó primeramente como júnior welter, al noquear en dos asaltos al zurdo estadounidense Kenny Lane, y en vez de seguir por los rumbos de las 140 libras, optó por bajar a las 135 y superó por decisión unánime al soberano defensor, Joe Brown, en Las Vegas, el 21 de abril de 1962.

Nacido en Ponce, el 9 de septiembre de 1936, se marchó a Nueva York, donde de inmediato impresionó por sus hechuras técnicas, su estámina y valentía.

En aquella época, los pleitos titulares eran a 15 asaltos, los pesajes se efectuaban el mismo día a media mañana, por lo cual había que someterse a un régimen duro de hidratación.

De hecho, su manager, Bill Daly, obligaba a que se usara una romana de su propiedad cuando la cartelera se celebraba en San Juan, y se decía, sin probarse jamás, que la tenía manipulada.

Ortiz efectuó tres peleas de ensueño con el panameño Ismael Laguna, esgrimista de mayor estatura y alcance, con un balance de dos triunfos y un revés, que fue en la capital istmeña.

Asimismo, sostuvo dos riñas con Sugar Ramos, saliendo por la puerta ancha siempre, pero en la contienda en suelo azteca se dijo que el puertorriqueño conectó un golpe sucio, pero comoquiera retuvo el cinturón.

En la revancha en el estadio Hiram Bithorn, le dio una paliza y no hubo dudas de su superioridad.

No se puede olvidar que Sixto Escobar, en la década de los 30, se sentó en el trono gallo, tocándole a Ortiz, que nunca tuvo apodo, ser el segundo, seguido de Chegüí Torres, en los semicompletos, ante Willie Pastrano, y fallecido en 2009.

Para mi gusto, Ortiz es el cuarto mejor de los reyes del patio: Wilfredo Gómez, Tito Trinidad y Wilfred Benítez, pudiéndose elegir quinto a Miguel Cotto, que acaba de ser exaltado hace unas horas en el Salón de la Fama en Canastota.

El ponceño fracasó por decisión dividida con Teo Cruz, en Santo Domingo, y no se cuajó el desquite.

Posteriormente, quemó sus últimos cartuchos frente al escocés Ken Buchanan, que tuvo pasajes brillantes por su juventud y Ortiz no respondió al llamado del séptimo.

Estoy seguro, empero, que Ortiz, con calvicie incipiente, le habría derrotado en su era dorada debido a su calidad: a los noqueadores les boxeaba y a los boxeadores de calibre les atacaba sin piedad…