Son tantos los personajes famosos, de diferentes profesiones que nacieron un 25 de diciembre, que no habría espacio para nombrarlos en esta columna.

Sin embargo, el pelotero Rickey Henderson, vio la luz en 1958 y lidera las estafas en las Mayores, con 1,409 y es miembro del Salón de la Fama, mientras que el baloncestista Eric Gordon, escolta que anota con facilidad y regularidad, rompió el cordón umbilical en 1988.

Ahora bien, hoy domingo tócale el turno a Norman Hache, así, sin su primer apellido, frenar sus cuerdas vocales tras 50 años ininterrumpidos de narración hípica, chapado de gloria y seguramente insuperable para sus predecesores, no por falta de talento, sino por experiencia: Joe Bruno, Moncho Núñez, Alvin Díaz y Pito Cruz.

El entra en el Club Dorado de relatores como Pito Rivera Monge, también en el hipismo; Manuel Rivera Morales, en el baloncesto; y Ernesto Díaz González, en diferentes deportes, y cada uno con peculiaridades con sabor a ambrosía.

Norman, pues, debe haber tragado saliva espesa, y por su mente asomar un Yunque de recuerdos hermosos e inolvidables.

Ahora bien, ha dicho que de alguna forma seguirá ligado a su segunda vida, posiblemente como dueño de un establo pequeño y contemplaba además un programa radial de análisis con antelación a las carreras.

Entretanto, sigue en la Descarga Deportiva Original, junto a Paquito Rodríguez, Carlos Uriarte, Raymond Pérez y Joaquín Porrata, quien a su vez es el productor.

En su juventud, fue lanzador en la pelota Doble A, con Cataño, periodista de diarios capitalinos, y siempre se caracterizó por la búsqueda de la verdad, convirtiéndose en un defensor del pueblo.

Nuestra amistad se fortaleció durante el Mundobasket de Turquía, en 2011, al lado del fenecido Elliot Castro, y a los tres nos bautizaron como Las Ruinas, por fotoperiodistas de El Nuevo Día y Primera Hora, mote que aceptamos de buenas ganas aunque se estaba efectuando el Ramadán, período sagrado de los islámicos y el ambiente era destemplado.

Elliot, Norman y yo pulimos en ese viaje la virtud de pensar en voz alta la amistad, que irá más allá de la desaparición terrenal.

Deseo con vehemencia, obviamente, que la salud y la felicidad arropen su cuerpo enjuto y su alma de coquí, soltando siempre las bridas de su pasión por vivir de cara al sol…