Una de las temporadas más productivas que haya tenido pelotero alguno en Grandes Ligas fue la que registró Don Drysdale cuando ayudó a que los Dodgers de Los Angeles ganaran la Serie Mundial de 1965. 

Claro que, como de costumbre, su colega Sandy Koufax se llevó los grandes honores al ganar el Cy Young —cuando se lo daban al mejor lanzador de las dos ligas—, luego de registrar un récord de 26-8 con 2.04 de efectividad, con dos juegos salvados, 27 juegos completos y ocho blanqueadas. Pero Drysdale no se quedó muy atrás: el derecho de 6-5 de estatura, quien acumularía en su carrera una marca de 209-166 con  2.99 de efectividad, un futuro miembro del Salón de la Fama conocido por su propensidad a zumbarle una recta en las costillas al bateador que se le acercara demasiado al plato o que siquiera lo mirara mal, terminó ese año con récord de 23-12 y 2.77 de efectividad con 20 juegos completos y siete blanqueadas. 

Y tanto Koufax como Drysdale no andaban con niñerías al momento de tirar entradas: Koufax acumuló 335.2 y Drysdale 308.1. 

Pero donde Drysdale marcaba la diferencia era en la caja de bateo: durante toda su carrera, a Drysdale se le conoció como un lanzador que bateaba mucho, y en efecto tuvo un promedio de .186, con 29 cuadrangulares y 113 carreras impulsadas en 1,169 turnos al bate en una época en la que el pitcheo era dominante en ambas ligas. 

Pero tuvo sus años especiales: en 1958, cuando el equipo todavía jugaba en Brooklyn, Drysdale bateó .227, con siete jonrones y 12 remolcadas en apenas 66 turnos al bate, y en 1962 bateó .198, con cinco bambinazos y 14 remolcadas. 

Drysdale promedió. 300 en la temporada de 1965, con siete cuadrangulares. [suministrada]

Pero en 1965 tuvo su mejor momento: en 138 turnos al bate, bateó .300, con siete cuadrangulares y 19 carreras remolcadas. 

Y lo hizo con un equipo que apenas bateaba, aunque ganó 97 juegos a base de pitcheo, defensa y velocidad (Maury Wills se estafó 94 bases): Lou Johnson y el Novato del Año, Jim Lefebvre lideraron en cuadrangulares al equipo con apenas 12 cada uno, seguidos por Willie Davis (10), Ron Fairly (9) y Wes Parker y John Roseboro (con ocho cada uno). 

Drysdale, quien fue utilizado 14 veces como bateador emergente, fue el séptimo mejor jonronero de los Dodgers y el bateador de mejor promedio, aunque sin tener los turnos oficiales necesarios. 

No en balde para esa época se llegó a hablar, no se sabe con cuánta seriedad, de transformarlo en un bateador a tiempo completo, a lo Babe Ruth. 

De hecho, el equipo entero de los Dodgers solo bateó 78 jonrones y promedió .245, y todavía resulta difícil entender cómo ganó el banderín frente a equipos con los Gigantes de San Francisco (con Willie Mays disparando 52 jonrones, ayudado por Willie McCovey  con 39), los Bravos en su último año en Milwaukee (donde Hank Aaron, Eddie Matthews y un novato llamado Rico Carty se combinaron con otros para batear 194 bambinazos, con seis bateadores disparando 21 o más) o los Piratas de Roberto Clemente (con su tercer título de bateo) y la colaboración de toleteros como Willie Stargell y Donn Clendenon. 

Drysdale, claro, era caso aparte, pero había otros lanzadores de la época a los que también les gustaba sonar el madero: Warren Spahn, por ejemplo, promedió .196, con 35 bambinazos en su carrera, y su compañero con los Bravos, Tony Cloninger, quien ganó 24 juegos en 1965, atizó tres bambinazos ese año y cinco en 1966, incluyendo un partido en el cual disparó dos cuadrangulares con las bases llenas y remolcó nueve anotaciones. 

Entre los puertorriqueños, Juan ‘Terín’ Pizarro se labró una buena reputación como bateador además de las 131 victorias que obtuvo como lanzador, al promediar .202, con ocho jonrones, y Rubén Gómez bateó .199, también más que aceptable para un lanzador. 

Pero el mejor de todos los boricuas lo fue Omar Olivares, quien, en su carrera de 12 años en las Mayores entre 1990 y 2001, bateó .240. 

A Mike Hampton, lanzador zurdo y bateador derecho que jugó entre 1993 y 2010 con un récord de 148-115, algunos lo recuerdan como uno de los mejores, por su promedio de .246 y una temporada en particular —la de 2001— en la que disparó siete jonrones con 16 remolcadas y .291 de promedio con los Rockies de Colorado. 

Pero ni aun así estuvo a la par de la temporada de Drysdale en 1965. 

El único que sí lo estuvo fue Don Newcombe, de los Dodgers de Brooklyn, quien en 1955, además de ganar 20 juegos, bateó .359, con siete jonrones. 

En fin, si alguien va a querer unirse a este grupo, va a tener que apurarse: según se espera, la temporada de 2021, en la Liga Nacional, debe ser la última en la que los lanzadores tengan que batear. Después de eso habrá DH para todo el mundo y los lanzadores que también se destacan en la caja de bateo, una especie en peligro de extinción, ya serán cosa del pasado.

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