Nota: esto lo escribí hace unos años en El Nuevo Día, bajo seudónimo. Lo repito aquí para seguir colaborando con la paz mundial en medio de esta espantosa sequía boxística.  

Ya para las nueve de la noche había comenzado a marcharse la clientela habitual que suele aprovechar hasta la última gota de los especiales del happy hour.

Entonces el sports bar empezó a llenarse de otro tipo de gente: llegaban hombres engabanados que acudían a darse una fría antes de reportarse ante ‘aquélla a quien debe obedecerse a toda costa’, como decía un conocido escritor al referirse a su esposa. Y también empezaban a llegar mujeres hechas y derechas, de altos tacones y peinado encopetado, que se personaban en pandilla y juraban que estaban protagonizando un episodio de Sex and the City.

Es que era noche de pelea. Y quien peleaba era Iván Calderón, uno de los boxeadores favoritos de todos los que frecuentamos este tipo de negocio, fundamentalmente  porque sus peleas siempre duran los 12 asaltos, lo que permite que uno saboree sus cervezas sin apurarse mucho.

En fin, tan pronto comenzó el primer round, una muchacha de muy buena apariencia que estaba sentada a mi derecha en uno de los taburetes de la barra, se volteó giratoriamente hacia una de las pantallas gigantes y preguntó en voz alta, para superar el bullicio: “¿Y quiénes son ésos?”

Se me adelantaron: junto a ella estaba un sujeto a quien yo conocía por el apodo de ‘Rommy’.

Calderón e Iribe en plena acción de su combate. [suministrada]

Por lo regular, escuchar una voz femenina por los alrededores tenía sobre Rommy el mismo efecto que para el resto de los mortales puede tener la sirena de una ambulancia. Y esta vez no fue la excepción: se apresuró a colgar el celular por el cual estaba hablando, se pasó la mano por el graserío que usaba para acomodarse mejor el peinado y, con su mejor sonrisa de aprendiz de Don Juan, respondió:

“Iván Calderón y Jesús Iribe, un mexicano”.

“Ah”, dijo la muchacha, regalándole su vistosa sonrisa. “¿Y cuál es cuál?”

Rommy se inclinó para aproximarse más a ella con gallardía.

“El más pequeño es Iván”, le dijo, bajando el timbre de su voz en un intento por parecer galán de telenovela.

“¿Y eso está permitido? ¿Que un boxeador sea mucho más grande que el otro?”, inquirió ella.

“Claro”, respondió Rommy. “En el boxeo lo que importa es el peso, no la estatura. Mientras que los dos pesen más o menos lo mismo…”

Pero Rommy tenía un gran defecto: era un fanático consumado. Tan pronto la pelea empezó a encenderse, él empezó a quedarse cada vez más embelesado frente a la pantalla. En par de ocasiones la muchacha volvió a hacerle preguntas, pero recibía de Rommy respuestas tan secas que a la chica no le quedó más remedio que dedicarse también a contar puños.

A la postre ella, me imagino que algo desconcertada por el poco efecto que habían surtido sus  largas pestañas postizas y sus otros atributos naturales, se levantó diciendo “ahora vengo”. Y se fue.

A fin de cuentas, cuando anunciaron la decisión, Rommy se levantó, emitió un aullido y alzó los brazos para celebrar a lo Rocky.

Entonces se volteó hacia su lado y descubrió el asiento vacío.

“¡Eh, Romeo!”, exclamó, mirándome con extrañeza, “¿a dónde se fue la chica tan bonita que estaba aquí ahora mismo?”

“Bueno que te pase”, le dije. “El que perdió fuiste tú… por indecisión unánime”.

Y rápido me agaché, por si acaso venía el botellazo.

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