NOTA – El título no tiene nada que ver. Igual pudo haber sido 2020: Odisea del espacio borincano, o Once upon a time in Puerto Rico. Son temas para analizar en tiempos del cononavirus, y a falta de un box score de un juego a 15 entradas o un set de pasadas actuaciones de ocho carreras. Vamos, no son las Reflexiones de Fidel, sino que algunas más bien pudieran atribuírseles a Trespatines.

No hay tal cosa como un pelotero malo

Gracias a los trucos matemáticos, o a la magia de los números, yo me uní este año al legendario dirigente de baloncesto Flor Meléndez en eso de llevar seis décadas ejerciendo cada uno su profesión.

Así que si yo tengo seis décadas de vida, podría decirse que estoy trabajando como periodista casi desde que nací. ¿O no?

En lo que usted se rompe la cabeza con esas elucubraciones matemáticas, sepa que lo único que quiero establecer es que llevo bastante tiempo evaluando—y disfrutando— el desempeño de atletas en distintas disciplinas, por lo que sentí la obligación de debatir con un viejo amigo en torno a las habilidades de un retirado pelotero puertorriqueño cuyo nombre me voy a reservar (pudo haber sido cualquiera otro), cuando me comentó lo “malo” que según él era como jugador.

Mi teoría—la que traté de explicarle durante una reciente conversación en tiempo de coronavirus—es que no hay tal cosa como un pelotero malo. Claro, me refiero a un pelotero profesional, no a uno que, como casi todos nosotros, llegamos a practicar el béisbol cuando niños y jovencitos.

Si a usted le gusta el baloncesto, y sigue o ha seguido la liga superior puertorriqueña o la NBA, por citar dos ejemplos, tiene que reconocer que algunos participantes carecen de las habilidades que requiere el juego, las llamadas destrezas, y que han alcanzado un nivel profesional por su tamaño. Tienen su función—desde ser utilizado en alguna que otra estrategia defensiva, cometer faltas personales, hasta salir a golpear a un jugador contrario—, pero no mucho más. Han practicado horas y horas con coaches especializados, y nada. 

En el boxeo ocurre algo peor, porque los que lo practican siempre se exponen a sufrir golpes que eventualmente pasarán factura. Pero los hay buenos y malos. Los buenos alcanzan un nivel, campeonatos, fama y en algunos casos buena plata, mientras que los malos, esos que entraron al deporte solamente por arrojo (en el boxeo no hay draft ni buscadores de talento) servirán en muchas ocasiones de peldaños para los buenos, y ya sabe usted cómo acaban.

La hípica es también una disciplina muy jodida en lo que a jinetes se refiere, y en efecto los hay buenos y malos. Los muy buenos terminarán con fama y mucho dinero; los buenos con dinero suficiente como para vivir bien una vez se retiren, y los malos, en muchos casos, sirviendo de galopadores o mozos de cuadra y tirándole a la loto, al powerball y al poolpote.

En esos tres ejemplos anteriores es fácil establecer las diferencias en talento, pero no sucede lo mismo en el béisbol, un deporte más exigente en el que, alcanzado cierto nivel, no hay espacio para los que no tienen habilidad. Simplemente unos son mejores que otros. 

En Puerto Rico, por ejemplo, cuando joven, uno aspiraba a llegar a jugar en la Doble A—la liga local federativa—, y el que lo lograba en su barrio era separado del resto de los mortales. Los demás, aunque muy buenos peloteritos en muchos de los casos, nos quedamos cortos.

Así que imagine lo que se necesita para llegar al profesionalismo, y jugar con San Juan o Santurce. Entonces, ni hablar de las Grandes Ligas. 

Un pelotero que es firmado en buena lid para el profesionalismo (no vamos a entrar en otras consideraciones) es porque alguien le vio alguna habilidad especial para el juego, proyectando un nivel superior al resto de sus compañeros o adversarios. Puede seguir escalando y llegar a Grandes Ligas, o bien puede quedarse en el camino. Pero de seguro algo tenía en la bola. Es que en el béisbol no es suficiente ser bueno. Hay que ser mejor. 

Pero los malos…esos se quedaron jugando trompo.

Bonita con mascarilla

La conversación con ese amigo comenzó de una manera desenfadada, mientras mirábamos ambos—en el distanciamiento social, claro— una de las ya famosas conferencias de prensa de la gobernadora.

Me dijo, y lo recuerdo a manera de chiste:

“La secretaria del trabajo con mascarilla, es más bonita que mi esposa maquillada”.

Naturalmente, le envié el link de la nota a su esposa.

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