Siempre fui un apasionado de los deportes, aunque debo admitir que no se me hacía fácil practicar ninguno. Dicho de otra manera, fui muy malo en todos. Pero como desde niño estaba al tanto de lo que pasaba en el ambiente deportivo en general, mi padrastro se la pasaba animándome y tratando de convencerme de que comenzara a practicar alguno.

Así fue que llegué a la YMCA, que a la sazón ubicaba en lo que es hoy día el Comité Olímpico de Puerto Rico, y lo que recuerdo de mi corta estadía allí no es muy grato que digamos.

Para empezar, cuando llegaba la hora del baloncesto y tocaba el turno de que los principiantes como yo practicáramos el tiro libre, nos colocaban en una larga fila detrás de la línea, y hasta que no la encestábamos no se movía nadie. De más está decir que como yo no la metía, los muchachos de atrás se impacientaban y empezaban a bromear y distraerse con el poco divertido juego de manosearse indiscrimidamente los traseros. Para evitar que el asunto se fuera de su control, el instructor de turno optaba entonces por sacarme y volverme a colocar al final, por lo que nunca pude meter un foul.

– Pa’l pool-, gritaban los muchachones mayores cuando llegaba la hora se meterse a la piscina. Y yo a temblar, porque aunque sabía que una de las razones por las que llegué a la ‘Y’ era, precisamente, para aprender a nadar, siempre hice lo imposible para demostrarles a mi mamá y a mi padrastro que había que sacarme cuanto antes de allí para evitar que me diera un ‘nervous breakdown’.

Cuando vi que el baloncesto no era mi brete, quise jugar béisbol. Clemente, Peruchín, Pagán, a todos los vi jugar en vivo y por televisión, y me decía a mí mismo que debía tratar de retomar la ‘carrera’ que había empezado de niño en la parada 27.

Pero si a alguien idolatraba era a Johnny Bench, el receptor de los Rojos de Cincinnati a quien había visto jugar en Grandes Ligas y en Puerto Rico. También me gustaban Manny Sanguillén y su hermano Manuel Sanguillén (luego me enteré de que no eran hermanos nada). Yo quería ser catcher, y el primer paso sería hacerme de los implementos, así que le pedí a mi padrastro que me llevara a comprarlos a Salvador Colom.

-Yo estoy buscando una gorra de catcher-, le dije al empleado, quien se me quedó mirando sin entender.

– ¿Cómo que de catcher?

-Sí, de catcher, las que tienen la visera para atrás…

Mi padrastro estaba escuchando y de inmediato me haló por un brazo y me dijo:

-¿Pero tú eres un corneta o es que te haces? Vámonos de aquí…

Ese episodio me desalentó, y de inmediato puse en un cajón en mi casa el peto, la careta y las rodilleras viejas que le había cambiado a Cafú por una bicicleta 26, junto con la bola de baloncesto y un rifle de balines.

Ya en la universidad, no me animaba a unirme a equipo alguno para las competencias intramurales, y simplemente trataba de sacarles el mayor provecho posible a las clases. Hasta que vi a Ali por televisión, y me dejé seducir tanto por sus habilidades boxísticas como por su personalidad.

-Puedo boxear-, me dije, y de inmediato hablé con mi padrastro e hice mis averiguaciones. Entonces fui a parar al gimnasio del sector Playita en Villa Palmeras que administraba don Manuel, el papá de José Luis Vellón, y allí estuve aprendiendo y entrenando durante varios meses.

Recuerdo que en una ocasión vi a un señor barbudo y vestido de verde hablando con José Luis en un lado del ring, y llegué a mi casa ansioso por contarle a mi padrastro que en el gimnasio de Playita estaba Fidel Castro, a mi entender tratando de firmar a Vellón para el profesionalismo.

-¿Pero tú eres corneta o qué?-, me gritó mi padrastro medio encojonao.

-¿Cómo va a estar Fidel Castro en Playita y nadie se entera? ¿Y cómo va a firmar a Vellón para el profesionalismo si en Cuba eso no existe?

Obviamente tenía razón. Al día siguiente me dijeron que el señor barbudo vestido de verde era don Guango, un verdulero del barrio que era fanático de Catfish Hunter, que con demasiada frecuencia vestía una camisa de los Atléticos de Oakland, y que, cada tarde, luego de vender sus aguacates y sus malangas, llegaba allí a practicar boxeo porque, según aseguraba, para él era un ñame guantear con cualquier peleador aficionado.

Yo no quería meterle mano a don Guango, así que le di largas al asunto hasta que don Manuel me dijo que ya era tiempo de que hiciera un par de asaltos de guanteo. Me presentó a Orlando, un flaco alto para su peso que había llegado a guantear con el mismísimo Wilfredo Gómez.

-Van a hacer dos rounds-, dijo don Manuel, y tocó la campana.

Orlando me trató bien al principio, pero yo me entusiasmé y le colé un gancho de izquierda un poco bajo, casi en las nolas, a lo que él ripostó con un derechazo a la chola. La cosa se calentó, entonces, fuá, puños van, puños vienen; puños van, puños vienen; puños vienen, puños vienen, puños vienen….hasta que don Manuel se dio cuenta y dio por terminada la sesión… a Dios gracias…

Contrario a la pelota y al baloncesto, ese no era un juego, así que internalicé que podía darle rienda suelta a mi obsesión por los deportes de una manera en que mis huesos no sufrieran tanto.

-¿Por qué no narrar?-, pensé.

-Tengo los conocimientos y la fraseología, y no le tengo ningún miedo al micrófono. Felo Ramírez, Ernesto Díaz González, Manuel Rivera Morales, Héctor Rafael Vázquez y muchos otros buenos profesionales de la descripción deportiva seguramente fueron peloteros o baloncelistas frustados que comenzaron a narrar porque no les quedó de otra, y terminaron todos en el Salón de la Fama. Bueno, casi todos.

Así que compré una grabadora y empecé a practicar primero baloncesto. Cuando creí que estaba listo fui a un partido del torneo superior y me le presenté a Díaz González, quien debe ser el papá de Ernestito, el actual narrador del BSN.

Me dejó sentar cerca de él, pero, para no interrumpir su narración, yo hacía la mía en voz baja y directo a mi grabadora. A terminar la primera mitad del juego entre Bayamón y Río Piedras, me percaté de que había llamado ‘Falelo’ a todos los jugadores de los Cardenales, pensando que era el apellido cuando en realidad se trataba del nombre del auspiciador del uniforme.

Se lo comenté a Díaz González, quien con una sinceridad que no me esperaba, me dijo:

-¿Por qué no tratas en la pelota?

Traté de no frustrarme, y seguí su recomendación. Como el torneo de béisbol invernal no empezaba sino hasta octubre, tenía tiempo para practicar.

Llegó la temporada y enfilé hacia el Hiram Bithorn. Burlando un poco la seguridad, tomé el ascensor y subí hasta la góndola del estadio (en inglés debe ser the gondol, supongo). Allí conocí y les dije de mis intenciones a Mongüí Carrasquillo, el Tigre Valero y Panchicú Toste, entre otros, y lo primero que me recomendó Mongüí fue aprender a llevar el box score del juego, algo que todos ellos dominaban a la perfección.

Carrasquillo, quien era el anotador oficial de los Cangrejeros, me dio una hoja de su libreta de box score y comencé a hacer anotaciones acorde con las directrices que me había dado. Él se dedicó a disfrutar del partido hasta que en la quinta entrada se levantó de su asiento en la esquinita del salón y echó un vistazo a mi papel.

-¿Pero qué carajo es esto que hiciste? ¡Ahora tengo que arreglarlo todo! Toma estos cinco pesos y baja y cómprame una empanadilla y un refresco en lo que yo le meto mano a esto.

Me sentí humillado. Yo me consideraba un profesional que ya tenía experiencia en el baloncesto superior, y lo que hice fue seguir para mi casa con los cinco pesos. Todavía me está esperando.

No podía creer lo que estaba pasando.

Rompiéndome la cabeza estaba cuando, regresando un domingo del hipódromo El Comandante en un carro fantasma, el tema de conversación entre los pasajeros se circunscribió al resultado de la tanda.

-Yo le voy a decir a la doña que salí parejo-, fue uno de los comentarios.

-A mí lo que me jodió fue el caballo que bajaron. Si no es por eso, me jarto-, dijo otro, con el programa blanco con las inscripciones del miércoles en el bolsillo de la camisa.

Ahí fue que entré en razón.

-Yo sé narrar carreras de caballos, porque desde chamaquito las estoy oyendo por radio-, pensé, -y sé imitar a Pito Rivera Monge y a Norman H. Dávila. Además, no hay muchos narradores, y puedo servir de sustituto de Norman.

Ya estaba decidido, así que enfilé hacia El Comandante a ver si podía encontrarme con Norman y hacerle el acercamiento. Tuve suerte de verlo, pero no me hizo mucha gracia lo que me dijo.

-Eso no lo decido yo. El productor es Pantalones Santiago, y con ese es con quien tienes que hablar. Lo consigues en el restaurante del hipódromo.

Tengo que admitir que sentí un poco de temor. Pantalones era un tipo que intimidaba, porque hablaba duro, fumaba cigarros y cuando mandaba a alguien a hacerle una jugada en la banca, la paca de dinero que sacaba de su bolsillo era como de tres pulgadas de espesor. Y tenía otra en el otro bolsillo.

Pero respiré hondo y le expliqué. Le dije que era un estudiante universitario y que deseaba que me hiciera una prueba para convertirme en el sustituto de Norman. Que yo sabía mucho de caballos y que tenía experiencia en el baloncesto y la pelota. Claro, no le dije qué tipo de experiencia.

-Ok, mijo. Vete y dile a Norman que te deje narrar la séptima.

Fui volando donde Norman y le expliqué. Iban a dar la tercera, así que tenía tiempo para prepararme. No me agradaba, sin embargo, que estuviese lloviendo y que en la séptima corrieran 11 caballos a 1,400 metros. El punto de partida de esa carrera es el más lejano en relación con el palco de narración, dificultando el trabajo.

A medida que se acercaba el post time mi nerviosismo crecía. Me quise congraciar con Norman y le pedí que pusiera su mano en mi corazón. No se molestó, pero no accedió. Cuando sí puso cara de pocos amigos fue cuando le pedí prestados sus binoculares …pero accedió.

Post time. Por fin se concretaría mi sueño de convertirme en narrador profesional. Todo fluyó bien, no empece a la situación de la lluvia. Chanilao ganó a galope…bueno eso creía yo.

Le entregué los binoculares a Norman y bajé al restaurante. Allí me esperaba Pantalones…envenenao.

-¿De dónde tú sacas que ganó Chanilao-, me cuestionó, casi gritándome.

-Chanilao no arrancó, mijo. El que ganó fue Caribbean Lad. ¿Tú eres corneta o es que te haces?

Ya sabía lo que esa frase significaba, pues no era la primera vez que la escuchaba, así que la interpreté como que no tendría muchas oportunidades de convertirme en el pinch hitter de Norman. Di media vuelta y me retiraba cuando Pantalones me interceptó y quiso darme un consejo:

-No te salgas de la Universidad.

 

 

 

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