Después de auscultarme por buen tiempo el pecho con su aparatito metálico, el joven doctor se me quedó mirando fijamente y palideció mientras sus labios se le movían como si estuviese titiritando de frío.

“Es increíble”, me dijo. “No puedo escuchar nada”.

Entonces agregó, con un tono más lúgubre todavía.

“Amigo mío, yo creo que usted está muerto”.

A pesar del dolor que sentía en mi cabeza semi agrietada y de que estaba acostado en la cama casi apachurrado contra una almohada, pude forzar una sonrisa.

“xcacacacacaca”, dije.

“¿Cómo?”, preguntó el galeno.

“Que xacacccecaccccv”, reiteré.

“Hábleme más alto”, dijo el doctor, casi gritando. “No le puedo oír”.

Sin dejar de sonreírle, por eso de no herirle los sentimientos, me limité a indicarle el cable que le llegaba hasta ambos oídos.

La cara se le iluminó con una luz de comprensión.

“¡ Ah, con razón!”, exclamó, echándose a reír mientras se retiraba los audífonos de su iPad y procedía entonces a ponerse los del estetoscopio.

“No se crea, no es la primera vez que me pasa”, añadió.

“Bueno”, le dije o traté de decirle en medio del atroz dolor en la dentadura, “por lo menos yo me di cuenta antes de que me mandara a la morgue”.

Minutos después, luego de comprobar que mi corazón, en efecto, sí estaba latiendo y, por consiguiente, que yo seguía vivo, este hombre, médico de la sala de emergencia del hospital, llamó de un silbido a una enfermera rubia bastante bonita que dijo llamarse Clotilde.

“Señorita”, le dijo cuando ella se paró junto a él. “Quédese un momento aquí mientras yo le hago unas preguntas al paciente”.

“Para qué, doctor, ¿para que le sirva de testigo?”, preguntó ella.

El hombre negó con vehemencia.

“Claro que no”, dijo. “Es para oler su perfume, que me encanta”.

Enseguida rectificó: “No, es broma. Claro, para que me sirva de testigo por si acaso meto la pata y hay demanda”.

Entonces comenzaron las preguntas.

“Dígame qué recuerda”, me dijo.

Hice un esfuerzo excavando en mi memoria, pero no logré extraer nada de entre los escombros.

“Doctor, no me acuerdo de nada”.

El hombre trató de calmarme.

“No se preocupe. Es normal. Se trata de una amnesia pasajera. Es lógico después de haberse dado un golpe tan fuerte en la cabeza”.

“Pero es que no me acuerdo ni de mi nombre, doctor”.

“Le repito, no hay de qué preocuparse. Como le dije, es una amnesia pasajera. La palabra clave es esa, ‘pasajera’. Que quiere decir de corta duración”.

Lo medité unos segundos.

“¿Cuán corta puede ser, doctor?”

Masticó por varios segundos la cosa antes de escupirme la respuesta.

“Eso varía”, mi amigo. “Pueden ser tanto unos minutos como varios años”.

“¡ Cómo!”

Se echó a reír.

“Pero lo más común, por mucho, es que sean solo unos minutos. A ver, ¿qué recuerda del juego?”

Lo miré sin saber de qué estaba hablando.

“¿Qué juego, doctor?”

‘¿Cuál va a ser? El de tenis. Usted estaba en un juego de tenis”.

Fue como si me hubieran dicho una palabra mágica. Tenis. De pronto, como un rayo de luz que penetra en un salón oscuro cuando alguien abre una puerta que chirría de vieja, el cerebro se me empezó a inundar de recuerdos.

La cancha. El público. Toda esa gente que gritaba como una tromba por varios segundos y entonces enmudecía de pronto cuando se iniciaba otra jugada.

Entonces recordé algo más: la sensación medio esponjosa de la cancha de arcilla bajo mis pies. Las ampollas que se me formaban en la mano de tanto sujetar el mango sudado de mi raqueta. Las miradas de adoración de todas esas mujeres, todas jóvenes, todas hermosas, todas sentadas en los palcos del frente junto a sus parejas, fueran estas sus novios o sus esposos, que me manoseaban con la vista como si quisieran violarme allí mismo.

También escuchaba en el interior de mi cráneo el mugido producido por la raqueta al pegarle a la pelota, un sonido cavernoso producido por el eco de las paredes de aquella cancha central, que se repetía una y otra vez en medio de un silencio total hasta que, al final, el público estallaba de emoción.

Y una voz de ultratumba sentenciaba: “Fifteen-love”. “Thirty-love”.

Me recordé levantando los brazos en señal de triunfo más de una vez y saludando al público que me ovacionaba con veneración, así que me imagino que estaba ganando o que, por lo menos, estaba jugando bien.

“Muy bien”, dijo el doctor. “Ahora trate de recordar el golpe”.

Esto me frenó en seco.

“¿El golpe? ¿Qué golpe?”

Pero ya antes de terminar de formular mi segunda pregunta, por entre las grietas que yo parecía sentir en mi cráneo comenzó a filtrarse otro recuerdo. En efecto, casi pude verme corriendo vertiginosamente hacia atrás, raqueta en alto, para tratar de atajar el tiro lento y elevado con el cual mi rival había tratado de engatusarme cuando yo estaba junto a la malla, y el brinco que di en el último momento para tratar de devolverlo.

En efecto, elevado en el aire, solté mi brazo con una fuerza inhumana para atajar la bola, lo cual hice con éxito. Pero al caer a tierra debo haberme doblado el tobillo, puesto que recuerdo el dolor espantoso que sentí en la pantorrilla justo antes de caer de cabeza sobre la arcilla, que de pronto dejó de sentirse esponjosa y en cambio parecía ahora fabricada a base de ladrillos.

Y entonces la misma voz cavernosa que anunciaba los puntos, ahora diciendo: “Paramédicos, por favor”.

Al terminar de relatarle estos recuerdos al médico, descubrí que tenía lágrimas en los ojos. Y hasta la enfermera parecía haberse conmovido, puesto que me sujetaba una mano con sus dos manos de largas uñas esmaltadas y casi me anestesiaba de placer con el penetrante aroma de su perfume.

Me reconfortaba saber que incluso encamado y semimoribundo, como estaba ahora, la desbordante virilidad que irradiababa mi fama como tenista de clase mundial seguía teniendo unos efectos devastadores sobre el bando femenino.

“Muy bien”, dijo el médico, sonriendo. “Lo está recordando casi todo bien”.

Ahora fue la palabra ‘casi’ la que me sacó un poco de balance.

“¿Por qué ‘casi’, doctor? ¿No fue eso lo que pasó?”

“Bueno, casi”, dijo. “Por suerte, tenemos la solución perfecta para terminar de refrescarle la memoria”.

Dicho esto, de alguna parte de su batilongo blanco extrajo una cajita también blanca de la que extrajo a su vez un DVD. Procedió entonces a incrustarlo por la ranurita de un ‘laptop’ que alguien había puesto en una mesita frente a mi cama.

Segundos después en la pantalla apareció el color marrón de la cancha de arcilla y las figuras de los dos tenistas brincando de un lado a otro y golpeando la pelota.

“Esta es una grabación del juego”, dijo el médico. “Fíjese bien”.

Me fijé, pero no entendía bien lo que estaba viendo. Lo que me descontrolaba es que no me reconocía en ninguno de los dos jugadores.

“Pero, ¿cuál soy yo, doctor?”, pregunté.

El hombre sonrió mientras negaba lentamente con la cabeza a la misma vez que le echaba a la enfermera una mirada que parecía delatar la posibilidad de que entre ellos hubiera una relación que iba más allá de la mera medicina.

“Ninguno”, dijo el médico, para terminar de volarme los sesos. “Ahora, fíjese bien: esta fue la jugada”.

Entonces lo vi exactamente tal como yo lo había recordado: uno de los tenistas, que no era yo, retrocedió de pronto para tratar de atajar un golpe volado de su rival, brincaba en el último momento y, con una elasticidad espeluznante, lograba pegarle a la pelota en el último momento con un raquetazo monumental.

Luego, igual que yo lo había recordaba, trastabillaba al caer y se doblaba de dolor antes de golpearse la cabeza contra el piso.

Pero entonces vi algo que me resultaba nuevo: al golpear la pelota con tanta fuerza, el jugador había perdido el control de su raqueta. Esta salió volando como una jabalina -o como un ‘boomerang’ australiano-, girando sobre su eje mientras se desplazaba, en una imagen captada con singular maestría por la cámara, que había seguido su vuelo.

Poco a poco, como si fuera a cámara lenta, la raqueta giratoria empezó a descender ominosamente hacia las gradas, haciéndome recordar ahora esas viejas tomas de la segunda guerra mundial en las que aparece un avión herido de muerte, botando una larga cola de humo y girando sin control antes de caer al mar.

Uno de los espectadores de las gradas era un tipo medio calvo y dentudo que al parecer había dejado de prestarle atención al juego para enfocar su mirada y su sonrisa de lobo hambriento en las piernas cremosas de una espectadora que estaba sentada junto a él. De pronto tanto la sonrisa como su mirada como algunos de sus dientes se estremecieron por el impacto de la raqueta, la sangre emanó a chorros y el sujeto se desplomó contra las piernas de la muchacha, que se puso a gritar histéricamente.

“Ese”, dijo el médico, “ese era usted. ¿Lo recuerda ahora bien?”

 

 

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