Las desventuras de un jinete resabiado

Medía como 5-8, que no es precisamente la estatura ideal para un jinete, pero como desde niño su vida giraba en torno a la hípica, hubiera sido capaz incluso de arrancarse un brazo con tal de dar el peso de 109 libras, aunque eso significara una pequeña dificultad a la hora de cambiarse el foete.

Así que era fácil verle correr por los alrededores del Castillo del Morro, envuelto en sudaderas de plástico, los lunes y martes en los que no había programación en el Hipódromo El Comandante, tratando de bajar los quilos de más que adquiría pocas horas después de la tanda dominical.

“Después de todo”, se decía a sí mismo mientras galopaba por los verdes prados, “si Cristobal Colón tuvo que fajarse para construir El Morro (solo había estudiado hasta sexto grado), que yo tenga que sacrificarme un poco para poder continuar con el trabajo que me apasiona no es nada”.

P.J. Echegaray no era un jinete cualquiera. Su padre y su tío también habían sido jockeys en los hipódromos viejos, y en la colonia radicada en El Comandante era igualmente popular tanto por su compañerismo — frecuentemente llevaba sabrosos bombones de algarroba y caldos de gallina de palo al jockey room — como por sus exabruptos con los entrenadores, a los que mandaba al carajo a la menor provocación. Es decir, perdía fácilmente los estribos, lo que podría considerarse un error monumental al tratarse de un jinete.

Eche tenía a su haber poco más de 500 victorias en una carrera de altibajos que lo llevó inclusive a probar fortuna en los hipódromos norteamericanos, y frecuentemente se jactaba de los triunfos que había conseguido en finales de infarto ante maestros de la fusta como Cordero, Macuco Rivera y Eddie Belmonte.

“Una vez en Saratoga”, narró mientras compartía en una actividad del Salón de la Fama del Alto del Cabro en Santurce, “yo montaba un caballo que se llamaba Devil in Flames, y entré a la recta final con un cuerpo de ventaja. Mi caballo era el favorito 7-5, pero yo tenía dudas de que pudiera ganar porque se estaba recuperando de una pequeña fiebre que le había interrumpido el entrenamiento. Así que le mandé a jugar cien pesos a uno que montaba Pat Day y que cerró 20-1″.

“Me acuerdo como si fuera ahora que el caballo de Pat Day se llamaba Justice in Heaven, y lo vi que venía tumbando caña cuando miré por debajo del brazo buscando dónde estaban mis rivales. El mío se estaba quedando, así que lo saqué un poco hacia afuera para permitirle el paso al de Pat Day pegado a la tabla. Yo decía, bueno, si no puedo ganar, pues que gane al que le jugué”.

En efecto, Justice in Heaven pasó por dentro y sacó cuerpo y medio cuando faltaban 200 metros, pero nadie contó con el segundo candidato (3-1), Neither One Nor The Other, que avanzó hasta dominar en el último salto con una enérgica monta de Eddie Delahoussaye.

Echegaray se bajó de Devil In Flames echando chispas, y cuando desensillaba al ejemplar tuvo un encontronazo con el entrenador argentino Diego Lepera, quien le acusó de haber arreglado la carrera y juró por la memoria de Gardel que jamás volvería a montarle.

“Perdí la carrera, perdí la monta y los cien pesos se fueron cuesta abajo. Me molesté tanto que salí del jockey room hacia el aeropuerto de Albany, y regresé esa misma noche a Puerto Rico con la idea de no volver a pisar un hipódromo jamás”.

Pero Echegaray sabía que esa idea que le venía dando vueltas en su cabeza durante varios meses no se concretaría hasta que no pudiera lograr su sueño: ganar un evento clásico. Así que regresó a El Comandante, a los bombones de algarroba y a los caldos de gallina de palo.

Tal vez por sus problemas con el peso y sus resabios; un poco por su mala costumbre de no madrugar para trabajar los ejemplares en las mañanas, y hasta cierto punto por su reputación de ‘sacarles las muelas’ a algunos favoritos que montaba, nunca había conseguido una victoria clásica en Puerto Rico ni en Estados Unidos.

Pero eso, según él, estaba a punto de cambiar.

Echegaray era el jinete oficial de Temmtreppo, un talentoso dosañero nativo del Establo Chu Viruta que marchaba invicto en tres salidas y que de seguro saldría de favorito en el Clásico Luis Muñoz Rivera. El Chu Viruta, la cuadra dominante de la época, frecuentemente hacía grandes inversiones en potros nativos, y de esa cosecha también contaba con Saeta Jesse, un cebruno que venía de ganar el maiden a 1,100 metros de punta a punta y con el respetable tiempo de 1:06.15

Pero Eche sabía que en circunstancias normales Temmtreppo –que debutó con 22.31 en 400 metros y que ganó sus dos siguientes con 59 flat y 59.18 para mil metros, no debía perder con Saeta Jesse ni con ninguno de sus otros rivales.

Un sábado en la mañana, a pocos días de la inscripción, ocurrió algo que Echegaray no vio venir jamás. El entrenador del Establo Chu Viruta le informó que el dueño había decidido invertir a los jinetes para el Clásico, optando por colocar en Temmtreppo –al jinete que estaba al frente en la estadística con el fin de “asegurar la carrera”.

Eche, de esa manera, pasaría a montar a Saeta Jesse.

Como era de esperarse, Echegaray explotó. Y lo hizo al extremo de que, en privado, llegó a comentar que no sabía cómo iba a reaccionar si se encontraba de frente con el propietario del establo en los alrededores del clubhouse.

Los comentarios del jinete llegaron hasta los oídos del hombre, ya entrado en años y que había sufrido un accidente cerebro- vascular que lo tenía confinado a una silla de ruedas.

“Déjame dejar quieto al loco este”, seguro pensó, “que es capaz de tirarme por las escaleras eléctricas hacia abajo, y me van a tener que recoger con una pala”.

Así que Echegaray mantuvo la monta del favorito y casi no pudo dormir los días antes de la prueba a 1,200 metros.

Llegó la cuarta carrera del domingo con el hipódromo lleno. El pool ascendió a $798,000 y todo era expectación. Temmtreppo cuadraba del 10, el último en el starting gate, y contrario a sus tres primeras presentaciones, era todo nervios. El juez de salida ordenó que fuera colocado sin su jinete, lo que aprovechó el animal para, al momento de entrar, abrir la puerta de su jaula con un empujón e irse en escapada.

Corrió tan rápido que fue retirado por sofocación, y cuando el escenario se normalizó y dieron la largada, Saeta Jesse partió al frente y siguió sacando cuerpos hasta llegar a la meta con amplia ventaja.

Echegaray estaba en la ambulancia que lo transportaría de regreso al paddock. Meditabundo, le dijo al chofer que, después de todo, se encontraba en el lugar correcto, y se metió la mano en la bota izquierda y extrajo de esta un clavo.

El chofer, horrorizado, frenó abruptamente y le gritó: “No seas loco… ¿qué vas a hacer…?

“Tranquilo”, le dijo. “Me lo voy a comer, que es lo que he hecho toda mi vida”.

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