Cuando empecé mi cuarto año de escuela superior, la academia de Santurce en la que yo estudiaba -cuyo nombre quedará bajo un manto de secretividad con tal de no avergonzar a nadie- por primera vez en muchos años aceptó organizar un equipo de béisbol que compitiera en la liga de colegios católicos.

O más bien dos: uno senior con estudiantes de tercero y cuarto año -donde caía yo- y otro junior.

Un tipo al que llamaban Tomatito, tal vez por su propensidad a ponerse bien rojo cada vez que hacía el más mínimo esfuerzo físico, fue nombrado para dirigir a los dos equipos: era un muchacho poco mayor que nosotros, que se había graduado de la misma academia pocos años antes y al que acababan de contratar como asistente del asistente -o algo así- del instructor de educación física de la institución.

Me imagino que su condición de principiante era lo que le había ganado el mando en el béisbol, mientras que los demás se repartían los puestos de mucho más prestigio con los equipos de baloncesto y voleibol, donde, por lo menos en nuestra escuela, estaban los atletas de verdad.

No empece esto, Tomatito implementó una exigente rutina de prácticas bajo un sol casi fulminante en el terreno del minicomplejo deportivo que está frente a la playa en Ocean Park, rutina que siempre comenzaba con un par de carreras alrededor de todo el parque y que, lejos de conseguir el deseado efecto de poner en buenas condiciones físicas a un grupo de muchachos indolentes, comedores de pizza y tragadores de refrescos, casi provocó que el equipo quedara desmembrado -es decir, sin miembros- antes de su primer juego.

Yo fui el único, de hecho, que asistió a todas las prácticas.

Y fue exclusivamente por ese exceso de masoquismo que, según creo, Tomatito me premió ubicándome en la alineación regular, como primer bate y defensor del jardín izquierdo.

Por lo menos por talento no pudo haber sido.

Comoquiera, el nombramiento provocó la inmediata deserción no escolar de algunos de los principales prospectos del equipo, que rehusaron comprender cómo podía estar por encima de ellos alguien cuyos mejores batazos apenas eran capaces de remontar el infield.

Defensivamente, sin embargo, yo no lo hacía del todo mal: si a la bola le daba con caer exactamente donde yo tenía levantado el guante, y las condiciones climatológicas no eran desfavorables, eran muy pocos los batazos que yo no podía atrapar.

Para esa época, mi familia vivía en una calle que puede decirse que estaba -y está: la calle no se ha mudado de allí, aunque luce como si quisiera hacerlo- en la misma frontera entre Isla Verde y Ocean Park, y tal vez Punta las Marías. Es decir, lo suficientemente cerca de donde el equipo practicaba como para que yo pudiera ir y volver a pie.

El primer día, de hecho, se me ocurrió que podía tomar un atajo que recortaba considerablemente la ruta: atravesando el residencial Llorens Torres.

Una tía se encargó de disipar mi temor de que pudiera enfrentar algún peligro.

“Nah”, dijo, “camina tranquilo, como si vivieras allí y nadie se va a meter contigo”.

La cosa funcionó a la perfección, por lo menos a la ida. Al regreso, la tranquilidad de mi andar se fue resquebrajando un poco cuando fui dándome cuenta de que una creciente manada de nenitos me seguía a corta distancia. Hablaban duro y soltaban grandes risotadas, como las que suelta uno cuando quiere que la víctima se dé cuenta de que se están riendo de él. Algo en mí les había delatado que yo no era de allí: tal vez el hecho de que yo estaba todo vestido de peloterito, desde la gorra hasta la punta de los pies, que llevaba cuidadosamente enfundados en unos zapatos con spikes que le daban a mi caminar cierto aire pingüinesco: no había camerino ni duchas que permitieran que uno volviera a ponerse ‘de civil’ en el parque de Ocean Park.

Eché a correr cuando se disiparon las risotadas. Justo a tiempo: las piedras seguían lloviendo alrededor mío cuando por fin doblé hacia la entrada de la calle en que vivía.

Desde la práctica siguiente, en vez de ‘atajo’, la palabra clave fue ‘rodeo’. Un rodeo enorme, a decir verdad: casi caminaba Ocean Park completo para llegar a mi calle sin peligro de pedrada.

Una tarde, también de regreso, un nene como de cinco años me llamó desde el patio de su casa cuando me vio caminando por la acera.

“Oye”, me dijo, túeres pelotero?”

“No, bombero”, estuve a punto de decirle. Frené la lengua cuando vi que algo se movía al fondo. Una muchacha se había asomado a la puerta: era como de mi edad, y su pelo largo, color castaño claro, caído a dos aguas, le flanqueaba una cara muy blanca que contenía entre sus ingredientes más fascinantes, un par de cejas extraordinariamente frondosas y oscuras.

Era la muchacha más bonita que había visto en mi vida, por lo menos en carne y hueso. Y casi-casi estaba a la par de Brooke Shields, quien para mí ocupaba el primer lugar en la categoría de papel y celuloide.

Me quedé un rato conversando con el muchacho. Al enterarme de que estaba en un equipo de Pequeñas Ligas, le ofrecí allí mismo un pequeño curso de bateo al que fui abonando más y más en mis visitas posteriores, que se tornaron compulsorias de ahí en adelante: ya saben, cosas como la forma correcta de parar en el plato, con el peso apoyado en el pie de atrás, o la deseabilidad de levantar los codos de ambos brazos hasta crear una línea recta.

Tales consejos, claro está, yo los iba extrayendo de un librito sobre tips  de bateo de Pete Rose, que acababa de comprar en una farmacia: tan pronto comenzó la temporada y recibimos nuestra primera paliza, el coach Tomatito pareció perder todo interés en el equipo y se la pasaba fumando y hablando de mujeres, aunque no por eso dejaba de convocarnos a intensas y extensas sesiones der práctica por lo menos dos veces por semana.

La muchacha de pelo castaño siempre estaba allí con el nene de Ocean Park: tal como me lo supuse, ella era su hermana mayor y tenía siempre la encomienda de quedarse vigilándolo por las tardes, después de la escuela, hasta que sus padres vinieran de trabajar.

Para mi segunda o tercera charla magisterial, ella debió intuir que yo no representaba mayor peligro, puesto que, luego de percatarse que era yo quien estaba allí con su hermano, apenas me dedicaba un par de minutos de atención antes de volver a internarse, bostezando, en la casa, para hacer lo que estuviera haciendo.

Un día todo esto cambió: llevaba yo unos quince minutos con mi perorata acerca de lo recomendable que era, para un bateador, el mantener la vista fija en la pelota todo el tiempo, cuando vi que ella se acercaba a mí con una sonrisa.

¡Playball!, exclamé internamente. La había enloquecido con mi sapiencia beisbolística.

Aun recuerdo el meloso y arrullante tono de su voz cuando, volviendo a sonreír, me preguntó: “¿Te podrías quedar hoy un rato un poco más largo?”

“Claro que sí”, le dije. “Hasta la medianoche si hace falta”.

Ella no pudo contener su felicidad y me acercó un beso de agradecimiento a la oreja derecha.

“Qué bueno”, me dijo. “Así puedo ir al cine con mi novio hoy. No tardo mucho: estamos aquí como en dos horas, ¿okei?”.

La historia tuvo un final feliz: ayudado en gran medida por los consejos de bateo que había venido dándole a aquel muchacho, fui mejorando mi swing poco a poco y, gracias a un hit que conecté en mi último turno de la temporada, terminé sobre los .200 (de 21-5. 234).

Después de darme un plazo de varios días antes de hacer el anuncio oficial, por si acaso a alguna organización de Grandes Ligas se le ocurría ofrecerme un bono millonario, decidí retirarme con dignidad luego de haber completado mi corta carrera peloteril.

Había llegado el momento de buscar otra liga en la que por lo menos pudiera batear.250.

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