Nota: Este es la 4ta parte de las historias de Torpedo Joe. 

 

Me di de baja del hotel al día siguiente y tomé un vuelo con tres escalas hasta Isla Grande. Llegue por la noche. Subí a un City Taxi y fui directo a El Imparcial.

Pasé a deportes y encontré a Quico Tejera, –ligas en las mangas y una visera verde– marcando con un lápiz rojo la primera edición. Se levantó para saludarme.

–Acabo de llegar de Chicago, ¿has vuelto a ver a Maina?

–Lo mataron en su casa: lo mataron a golpes hace dos días. La Policía dice que fue con una cachiporra.

Me lo dijo así, a bocajarro, mirándome las manos. Recordé la conversación que tuvimos en la que le advertí que si veía a Maina lo iba a matar.

–Yo no estaba por todo esto.

–Te creo. Oí la catarata de pesetas y luego averigüé que llamabas de Connecticut, de un público. Deben haberlo matado tarde esa noche. La Policía te ha descartado pero igual quieren interrogarte, trasfondo, qué sé yo.

–¿Tú conoces a un tal Nick?

–El tipo que andaba con él la noche que lo vi en el Blue Moon. Es cobrador de Papito Lecaroz. Dicen que va y viene a Nueva York a cada rato. Se la pasa en el Bar Nairobi, aquí arriba en la San Justo. El negocio legal que le deja un dron de pesos a Papito…

–O sea, que conoce el elemento…

–Los préstamos grandes… él los entrega y los cobra: dicen que ha roto brazos de un puñetazo. La Policía lo dejó ir porque tenía coartada en lo del difunto Maina, a pesar que vino de Nueva York con él y desde entonces se les veía juntos todo el tiempo..

–¿Cuánto pesa?

–Como doscientas libras, seis dos, seis tres de alto.

–¿Cómo bautizaron a ese maricón?

–Nick Santorum. Es boricua criado allá. En verdad se llama Nicomedes.

–Ese fue. Le dije taxativamente.

–Pasa que hay dos testigos, el barman y una mujer, telefonista ella, dicen que salieron a las diez del Bar Nairobi, que dejaron al barman en la catorce y siguieron la fiesta hasta La Conga, en la veintiséis hasta que cerraron. Y el barman no pesa cien libras.

–¿La policía verificó la coartada? Porque es una mierda. Atiéndeme, hablé con Maina a las dos de la madrugada del día primero. Debe haberlo matado no más temprano de las tres por el cambio de horario.

–Lo último que supe es que el sargento Cantellops esta rastreando dos llamadas del teléfono de Maina.

–Una la hice yo, como te dije. Te apuesto a que la otra fue a Nueva York.

En eso me levanto para irme a mi casa y entra a la redacción Rufo Simounet, cronista policiaco nocturno. Me ve y dice,

–No te vayas Navarrete, que tengo que hablar contigo.

Me despedí de Tejera y pasé a una oficina privada que era la redacción policiaca. Estaba la radiocomunicación puesta y él le bajó el volumen.

–Te supongo enterado…

–Hable con él a las dos de la mañana desde…

–…Connecticut, me lo dijo Cantellops. La llamada que entró fue de una casa particular. El no sabe que fuiste tú. Estará averiguando eso mañana.

Me miró fijamente y me preguntó,

–¿Y esta cola, de dónde viene?

–No sé. Un muchacho que peleó conmigo en el Garden se murió. Sospecho que estaba conectado. Maina no entendió que quien se tenía que tirar era yo y me insistió diez veces que era él quien se tiraría.

–¿Pero se tiró?

–Con el gancho que le metí se caía Trucutú. Conste que lo hice porque Maina me lo aconsejó. Bregar con esa gente de Nueva York no es fácil. Para empezar hay que hablar en inglés, en especial el de ellos y Maina nunca entendió. Y eso que se llevó a un primo suyo que vive por allá.

–Al primo lo sobaron antier mismo. Esta en el hospital, le molieron los dientes. Pero… tú sabes inglés.

–Llegué un poco tarde…

–Oye Navarrete, hay un dato que vi, no me lo contaron. El sargento me pidió que no tomara fotos de ese ángulo y retuviera la información, lo cual hice. Pero como tú eras casi familia del difunto—y te va a tocar enterrarlo—debo decirte que Maina estaba secuestrado en su casa. Tenía grilletes con candado. Podía ir al baño y deambular a paso de hormiga. El asesino estaba torturándolo.

Quedé estupefacto. Pregunté si encontraron la llave y me dijo que lo metieron en la nevera con todo y grillete. La llave no apareció por ningún lado.

–¿No se les ocurrió cortarle los pies con una segueta?

–Cantellops se opuso. Dijo que no era digno.

–Decente, el sargento.

–Decente y puntilloso.

Rufo me advirtió que Nick vivía en la veinte en un apartamento interior y se la pasaba en casa de Lecaroz desde que llegó hace seis meses, y a quien supuestamente no lo conocía de nada: bueno, quizá de Nueva York cuando tiraba bolita durante la guerra.

Encontré todo igual en mi casa. Hablé con un par de vecinos que me dijeron que habían visto el mismo carro volteando por la calle y fijándose en mi casa. Le puse la batería al De Soto y arrancó de una vez. Dormí con todas las luces encendidas a ver qué pasaba.

A la mañana siguiente me puse las telas para dejarme ver y notar. Un traje crema Palm Beach y mocasines blanco y carmelita, ropa de chulito y uniforme de boxeador cualquier martes. Tomé un city taxi. Llegué a San Juan a las once.

Me saludaba la gente y yo les devolvía el saludo. Nadie me felicitó por el ultimo combate. Entré a un bar y vi a cuatro amigos míos de los que patean aceras y saben lo que pasó y lo que pasará, y quién ganó la primer carrera en el Oriental Park de La Habana media hora antes del post time.

Ordené dos rondas. Pregunté por el fin de año.

Rocky Trompeta, que vive en los altos, me dijo que el Nairobi cerró a las diez y los patos y las marimachas se recogieron temprano. La cátedra de cronistas de la noche, Yonsito, Negrete y Tony Pontiac, coincidió en que todo el mundo estaba en el Hilton, el Esquife y en el Morocco  o templando en el motel que queda por Isla Verde.

También explicaron que en vueltas por ahí hasta la ventiséis y Barrio Obrero buscando mujeres de las que les gusta la gasolina, notaron todo normal, igual que en diciembre del 1948. Los del perraje en lo de siempre, visitándose al anochecer y ya para las nueve metidos en sus casas, bebiendo ron, la radio puesta a todo volumen en el bailable de fin de año de WKAQ, compartiendo y bailando en la sala sobre el linóleo nuevo.

–Carajo, pero empezaba una década nueva.

–Y sigue la vieja miseria. Esas pendejadas son para los ricos, dijo Rocky.

Me contaron que La Conga estaba tan llena que los bomberos impidieron a la gente entrar desde las nueve de la noche. Había tres orquestas y se había rumorado que Daniel Santos tendría dos shows, a las diez y a la una.

Daniel nunca llegó, estaba en La Habana.

Terminaron los cuatro en casa de Catalina, en la Bouret arriba, donde había cinco muchachas para bailar y las cervezas eran a peso y ella las enfriaba en la nevera que estaba en una esquina de la sala. El piso era de loseta. Tenía un tocadiscos y ponían su música. Dos habitaciones al fondo estaban reservadas a tres dólares la media hora y Catalina llevaba la contabilidad con las chapitas de las cervezas que les entregaba a las muchachas y luego las redimía por un peso y medio.

En la siguiente semana Nick pasó varias veces al atardecer cuando estaba yo en el balcón de mi casa tomando el fresco. Andaba en un Ford coupé nuevo, azul claro. Reducía la marcha y me sonreía. Una tarde me hizo la seña universal de que me iba a cortar el pescuezo.

A la mañana siguiente fui a la ferretería de don Clemente y compré un tubo de acero y lo mandé a cortar a dieciocho pulgadas. Pedí otro pedazo a diez y un niple. El encargado me dijo que me conseguía una caja de cartuchos calibre 12.

–¿Para que querría yo cartuchos?

–Para la escopeta casera que estás armando.

–Dale. Córtame otro pedazo de doce pulgadas. No le hagas rosca.

 

(continuará…)

 

 

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