Agapito Faberllé era uno de esos deportistas que hay en cada barrio puertorriqueño que parece que en algún momento de su vida serán capaces de alcanzar la luna. Realmente sucede muy pocas veces, porque en la mayoría de las ocasiones terminan siendo escrachados detrás de la gatera, pero dejan en el camino leyendas dignas de narrarse.

Y la de Agapo no es la excepción. La voy a contar como me la contó mi hermano mayor hace pocos años, cuando regresó medio atolondrado y con algunos miembros menos de la guerra de Iraq.

Para empezar, Faberllé tenía un físico envidiable. Era un flaco fibroso de 6-3 y unas piernas tan largas que le llegaban hasta el piso. Corría como un galgo, tenía un soplete por brazo, le daba una línea al más guapo y bateaba con fuerza. Pero en su caja de herramientas beisbolísticas parece que no había espacio para un guante, y esa debilidad en su juego le era frecuentemente señalada por los escuchas que venían a verle jugar a pesar de que todavía no cumplía los 16 años.

Eran los años 70 de un Santurce vibrante, y Faberllé estudiaba el segundo año de escuela superior en la Central High. Iba caminando a la escuela, luego de escuchar los programas radiales de Terry García y Ramiro Martínez. Compraba pan, mortadella, queso y una malta en el colmado de la esquina de su casa para el desayuno.

-“Dice mi mamá que se lo apunte”, le decía Agapito al dueño del colmado, alargándole una libreta doblada y con algunas hojas sueltas.

-“Y que me dé también media caja de Winston y una caneca de Palo Viejo”, añadía con pena.

A cuatro casas de la de Faberllé, y camino a la Central, se ubicaba el bar El Mimero, con una clientela exquisita de trasnochadores y jugadores de dominó que no dejaban descansar la vellonera Rock-Ola del negocio. A Agapito le había pegado fuerte una canción de Damirón y Chapuseaux que ponían una y otra vez en la vellonera, titulada Por un maní, y que decía: “Yo tengo una bolita que me sube y me baja, ay, que me sube y me baja”, y casi a diario la iba cantando camino a la escuela por la Ponce de León.

Faberllé jugaba su último año de la categoría senior con el equipo los Filis en una liga que utilizaba los parques del residencial Las Margaritas y el del Oratorio San Juan Bosco en Cantera, y lucía tan fuera de grupo que los padres y dirigentes contrarios le llamaban “el importado”.

A pocas semanas de concluir el torneo, Agapito recibió por tercera ocasión la visita de un cazatalentos de los Cerveceros de Milwaukee, quien andaba loco con las cuatro herramientas del muchachón pero que le insistía que si quería ser un pelotero profesional, como Aparicio o Clemente, ídolo de la gente y gloria para el béisbol, tenía que mejorar en la defensa.

En realidad, Faberllé no tenía grandes problemas en el jardín izquierdo — solo con los bombos– que su tolete no lograra ocultarles a todos…menos al scout que, sin embargo, se deleitaba al verle sacar una y otra vez la pelota del parque Pepe Santana de los Bravos de Boston en sesiones de entrenamiento.

Con los Filis ganando más juegos de los que perdían, finalmente llegó el choque de campeonato entre los Filis de Agapito y los Piratas. La serie al mejor de tres se había empatado a uno tras la doble tanda del domingo anterior, y el parque del Oratorio estaba repleto de padres y fanáticos que querían ver en acción, tal vez por última ocasión antes de dar el salto al profesionalismo, al “importado” de Santurce.

Agapito apenas había dormido la noche antes. Era sábado, y El Mimero cerró sus puertas a las tres y pico de la mañana del domingo, y desde su casa escuchaba una y otra vez que en la vellonera sonaba su número favorito: “Yo tengo una bolita que me sube y me baja, ay, que me sube y me baja”. Solo que en una noche tan importante como esa el merengue no le hacía mucha gracia.

Llegó la parte baja de la última entrada y su equipo dominaba 4-2, y el propio Faberllé había sido responsable de dos de esas carreras con un jonrón en el quinto acto que fue a parar contra el campanario de la iglesia.

En un abrir y cerrar de ojos las bases se llenaron, y aunque había dos outs, Agapito ya comenzaba a sentir la presión: ‘Ojalá y no bateen por aquí”, se dijo a sí mismo, pensando en no comprometer la victoria y el campeonato de su equipo y las posibilidades de dejar una buena impresión en la mente y los papeles del cazador de talento.

Así que trataba de autosugestionarse, pensando que si le tocaba a él dar el último out sería un elemento positivo en la hoja de evaluación del escucha. Pero no podía quitarse de su mente la conversación que tuvieron en los días pasados, porque reconocía que si alguien le hubiese comentado que era un mago a la defensa era porque de su guante salían sapos y conejos.

Entonces sucedió algo con lo que sí no podía bregar. La dichosa cancioncita de la noche y la madrugada reapareció en su pensamiento como una recta a 95 millas, y lo terminó de desconcentrar.

“Yo tengo una bolita que me sube y me baja, ay, que me sube y me baja”, era todo lo que ocupaba su mente cuando el bateador de turno pegó un bombo alto y largo por sus predios. Agapo jugaba cerca de la verja, por lo que parecía acomodado para atraparla. Pero la bolita había subido tan alto y bajado a tanta velocidad que lo mareó y terminó pegándole en la cabeza.

Naturalmente, anotó hasta el gato y los Piratas se llevaron el campeonato, dejando a Faberllé y sus Filis sobre el terreno.

Hubo silencio en el dugout, como era de esperarse. Nadie le recriminó nada, especialmente porque se trataba de la estrellita del equipo, y si habían llegado hasta allí fue por el bate de Faberllé.

En una esquina, mientras se quitaba los spikes blancos, Agapito sabía que la había embarrado. Triste y meditabundo se encontraba cuando se le acercó el scout para tratar de levantarle el ánimo.

“No te preocupes tanto”, le dijo, “uno de mis mejores amigos es el gerente de la tienda Calzados Kinney de la Ponce de León, y están buscando a alguien alto como tú para que ayude a acomodar las cajas de zapatos”.

Faberllé no aguantó más, y cuando finalmente se decidió a mandarlo al carajo, ya el sujeto se había perdido entre la multitud.

Poco después caminaba hacia su casa pisando suave y sin hacer mucho ruido, y notó que la vellonera de El Mimero no sonaba por primera vez desde sabe Dios cuándo, y que un lazo negro estaba amarrado a la entrada del establecimiento. Su propietario, don Suso, había muerto trágicamente, atragantado con un maní…

 

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