Nota: Este es la 3ra parte de las historias de Torpedo Joe.

 

 

Regresé al hotel y llamé a mi casero que me hizo un cuento espeluznante.

 

A las seis de la mañana leyó la nota mía y se asomó al balcón. Un Chrysler New Yorker negro estaba frente a su casa. Al ver la luz encendida, bajaron dos pájaros armados de pistola; todavía no amanecía. Agarró la escopeta cargada que tenía sujeta a un lado de la puerta.

 

Tocaron a la puerta y él les dijo que estaba abierta. Entraron.

 

Se dieron de frente con el casero blandiendo por delante una escopeta repetidora Remington.

 

–¿A quién buscan?, porque no es a mí.

 

–A su inquilino.

 

–Levanten un poco las manos. Lean la nota que dejó.

 

–Pudo haberla escrito usted. Necesitamos registrar la casa.

 

–No es mi letra pero los entiendo. Les digo esto: salgan y dejen sus armas en el mueble del balcón. Yo salgo y le hago compañía al chofer. Busquen todo lo que quieran.

 

Añadió: es eso o los mato a escopetazos aquí, en mi sala, a dos escaladores armados. Al primer escopetazo el chofer arranca.

 

Los escoltó al balcón, depositaron sus pistolas. Les hizo entrar. Recogió las armas y en cosa de minutos las desmontó y las colocó en un bolsetín de lona con zipper donde solía poner el periódico luego de leerlo por las mañanas.

 

 Retuvo cargadores y las balas. Cruzó la calle con la escopeta bajo el brazo, abrió la puerta trasera y colocó el bulto de lona en el asiento trasero.

 

–Viejo, usted tiene cojones, le dijo el chofer. 

 

–No, los cojones los tienen ustedes. He tenido que dejar a dos pendejos registrarme la casa. ¿Usted se dejaría?

 

–Aleje por favor el cañón de la escopeta. No me haga caso.

 

Al rato salieron con la nota. Se sorprendieron al no encontrar la armas. El chofer les hizo señas.

 

Se aproximaron mirando fijamente al viudo.

 

–Suban al auto.

 

–No encontramos nada ni a nadie. Tenemos una nota que dice que va para La Guardia.

 

–Letra suya?, preguntó el chofer.

 

–Sí, verificamos la letra del viejo y es diferente. Había  una hoja de gastos desde que llegó aquí. La letra es similar a la nota.

 

–Suban al carro ya. Vámonos. Y lo que pasó que no salga de nosotros tres.

 

–Pero hay que darle cuentas a Luigi.

 

–Me refiero a que un viejo los desarmó, los hizo entrar a punta de escopeta y les desmanteló las armas que ahí están en ese saquito. Si eso se llega a conocer los desmontan a ustedes.

 

–¿Y tú, qué hiciste? Le preguntó el más fastren.

 

–Yo solo soy el chofer. Le pedí de favor que desviara la escopeta. Consintió y le di las gracias.

 

 Me disculpé por el contratiempo y me dijo que no pasaba nada, que se había divertido muchísimo, incluso pensó en vaciarle una goma al Chrysler de un escopetazo.

 

De modo que me estaban esperando en Nueva York, pero no entendí cómo dieron con mi dirección. Recordé la llamada de Bobby Maina y el tal Nick que contestó. Bobby Maina no me tenía tallas de maricón ni que metiera hombres en su casa que contestaran el teléfono. Eso fue, el tal Nick; seguro que pidió un registro de llamadas y averiguó el número y la dirección. Entonces llamó a la gente de Luigi en Nueva York que vinieron blandiendo pistolas a secuestrarme.

 

Fue cuando supe que Maina estaba muerto.

 

 

 

(continuará…)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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