Una transacción reciente en Grandes Ligas, involucrando al estelar serpentinero Justin Verlander, ejemplifica perfectamente esa movida muy común pero también bastante incomprendida conocida como los cambios mediante waivers.

¿De qué se trata?

Pues, la fecha límite para cambios convencionales en Grandes Ligas es el primero de agosto. Todos los equipos tienen hasta las 4:00 p.m. para cambiar a quien quieran, sin ningún tipo de limitación.

Después de esa hora, el béisbol de las Mayores entra en el período de los cambios mediante waivers, que implica que para poder cambiar a un jugador un equipo debe ponerlo en la llamada lista de waivers, elegible para ser reclamado por cualquier novena.

El orden de selección de los demás equipos es del peor al mejor récord, en orden ascendente. Si ningún otro equipo de la misma liga reclama al jugador, entonces el proceso se repite en el otro circuito.

Una vez un equipo reclama a un jugador, el equipo original puede retirarlo de la lista, por no interesarle hacer un cambio con ese equipo, o proceder a hacer la negociación.

La clave, sin  embargo, es que un equipo solo puede retirar  una vez a un  jugador que ponga en waivers. Si lo hace por segunda vez, ya lo pierde definitivamente y tiene que darle el release.

Si ningún equipo reclama al jugador, entonces el equipo original queda en libertad para negociar con cualquier equipo, igual que si se tratara de un cambio convencional.

O incluso puede dejarlo en  libertad para que lo firme el equipo que quiera hacerlo.

Claro que esto conlleva muchas estrategias: hay equipos que pueden reclamar a un  jugador en waivers sencillamente para que no se lo lleve otro con el cual está luchando en su división, bloqueando un posible cambio.

Esta es una movida arriesgada, por supuesto, porque puede resultar que entonces el equipo que hace esa movida tenga que quedarse con el jugador reclamado, que suele ser un veterano que trae consigo una gran carga salarial.

El caso de Verlander es clásico: los Tigres, que no van para ningún lado este año, les cedieron el lanzador a los Astros de Houston, que tratan de mantener su precaria ventaja sobre los Indios de Cleveland en la carrera por amasar el major récord de la Liga Americana. Y recibieron a cambio tres jugadores de liga menor y un “jugador a ser mencionado posteriormente” o dinero en  efectivo.

Lo que es más importante, la transacción se completó el 31 de agosto: los equipos tenían hasta ese día para adquirir jugadores que quedarían elegibles para jugar en la postemporada.

Aunque todavía pueden haber cambios en septiembre, los jugadores adquiridos durante este mes no podrían jugar en los playoffs, por lo que su utilidad únicamente sería para ayudarlos a clasificar.

Todo esto quiere decir que los cambios mediante waivers, hechos bajo la presión de una lucha por la clasificación en  la que los equipos podrían estar dispuesto a dar mucho más de lo que normalmente hubiesen deseado dar, se prestan para que se hagan muchas transacciones que luego resultan controversiales.

O, a la larga, extremadamente desiguales.

Son frecuentes los casos de equipos que han adquirido veteranos de altos salarios que nunca les rindieron mucho, cediendo por ellos unos prospectos que a la larga se convertirían en superestrellas.

En el caso de Verlander, de 34 años, su contrato se extiende hasta 2019, con una opción para 2020 que se implementaría automáticamente si el lanzador queda entre los primeros cinco en la votación para el Cy Young en 2019.

Para aminorar el golpe, los Tigres se comprometieron a pagarles a los Astros $8 millones de su salario de $28 millones anuales en las temporadas de 2018 y 2019

Por lo menos el derecho todavía es un lanzador muy efectivo, y su marca de este año con los Tigres fue de 10-8 con 3.82 de efectividad y 176 ponches en 172 entradas.

Es posible que, en efecto, sea de gran ayuda para que los Astros obtengan el banderín, pero el resultado final de la transacción no podrá evaluarse objetivamente hasta dentro de algunos años, cuando se sepa cuál fue su aportación total al equipo, y cómo se desarrollaron algunos de los prospectos obtenidos por los Tigres.

“Lo que ocurre en la mayoría de esos casos es que hay equipos que no están en carrera y están buscando bajar la nómina”, comentó el veterano escucha Jorge Posada, actualmente con los Giantes de San Francisco. “Ese debe ser el caso de los Tigres con Verlander, que ahora está por entrar en sus años más caros”.

“Es posible que ayude ahora a los Astros, pero uno no sabe si ese brazo va a estar igual dentro de un año o dos”.

En el pasado, son clásicos los casos de futuras estrellas cedidos por sus equipos en transacciones de este tipo, como el de José Bautista, cambiado por los Piratas a Toronto en agosto de 2008 por un “jugador a ser mencionado más tarde” que sería Robinson Díaz, quien no sería más que un receptor suplente en el resto de su carrera.

Bautista, entretanto, ha disparado 285 jonrones y remolcado 756 carreras en los 10 años que lleva desde entonces con  los Azulejos.

Pero el cambio considerado el más desigual de todos los tiempos involucró a otro lanzador veterano y también a los Tigres de Detroit.

En agosto de 1987, los Tigres adquirieron de los Bravos de Atlanta al abridor Doyle Alexander, de 36 años, y este en efecto ayudó a que los Tigres ganaran  su división al amasar un récord de 9-0 con 1.53 de efectividad en la recta final.

Pero los Bravos recibieron a cambio un lanzadorcito de 20 años que apenas estaba en Doble A, y que se llamaba John Smoltz. Este terminaría ganando 210 juegos y salvando 154 para los Bravos, quedando exaltado eventualmente al Salón de la Fama.

 

 

 

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