Sin explicación (todavía) el alza en cuadrangulares

Una teoría que se volvió muy popular en el béisbol de Grandes Ligas cuando Barry Bonds, Mark McGwire y Sammy Sosa comenzaron a romper todos los récords jonroneriles, era que las pelotas habían sido alteradas para ir más lejos.

Más sospechoso era que un Brady Anderson, de los Orioles, disparara 50 jonrones en 1996 cuando en todo el resto de su carrera no llegó a conectar más de 24 en una temporada.

Según la teoría, la razón para este operativo encubierto de parte de las autoridades del béisbol, era que, después del paro laboral que arruinó la temporada de 1994, las asistencias a los parques tardaban en acercarse a las cifras de antes, y se pensó que la fiesta jonroneril era una buena manera de volver a encantar a los fanáticos.

De hecho, resultó ser así, y en 1998 en particular, Sosa y McGwire crearon una sensación con su duelo por quebrar la marca de 61 conectados por Roger Maris en 1961, y Sosa terminó conectando 66 en 1998 y 63 en 1999, mientras que McGwire conectaba 70 y 65, respectivamente.

Barry Bonds, naturalmente, los mató a todos al disparar 73 en 2001.

Durante todo ese tiempo, el béisbol negó con ahínco la teoría de las bolas alteradas y hasta difundió los resultados de unos estudios científicos que demostraban que estas tenían la misma contextura y rebotaban lo mismo que la de años anteriores.

Claro, después se descubriría que no eran las bolas las alteradas, sino el físico de muchos de estos toleteros de lo que luego se llamaría la era de los esteroides.

Como secuela de todo esto, el béisbol de las Mayores logró imponer un programa de antidoping que ya ha producido la suspensión de numerosos jugadores, mientras que, retrospectivamente, Sosa, McGwire y Bonds cayeron en desgracia y han visto bloqueada su entrada a Cooperstown.

Bueno, pues por alguna razón este año está ocurriendo algo parecido y las bolas están saliendo del parque en cantidades industriales, superando incluso el ritmo que había a fines de los noventa.

Las estadísticas hablan por sí solas: en el recién concluido mes de junio se dispararon 1,101 cuadrangulares, implantando la marca para todos los tiempos. Lo que es más impresionante, junio tiene 30 días, no 31.

En mayo se conectaron 1,060, que ahora es la tercera mayor marca de la historia.

En segundo lugar, con 1,069, se encuentra mayo de 2000, en plena era de los esteroides.

Otras estadísticas significativas: el 17 de junio se dispararon 56 cuadrangulares, la mayor cantidad de la historia en un solo día.

Y tanto los Mets como los Dodgers dispararon más de 50 jonrones en junio, siendo esta la primera vez que dos equipos de la Liga Nacional envían 50 o más para la calle en un mismo mes.

Una diferencia en esta ocasión es que no sobresalen jonroneros individuales que ya a estas alturas estén amenazando con romper marcas: cuando disparó 70 en 1998, por ejemplo, ya McGwire tenía 37 bambinazos para esta época previa al Juego de Estrellas, mientras que, hasta el domingo, el líder de las Mayores, con 27, lo era el súper novato de los Yankees, Aaron Judge.

Un artículo publicado días atrás por la página Bleacher Report recoge los comentarios de varios jugadores que están convencidos de que hay algo raro con las bolas: “Cien por ciento”, se cita a David Price, lanzador de Boston. “Todo el mundo está hablando de eso”.

Y Jerry Blevins, lanzador de los Mets, comentó:  “Es solo que parece que están habiendo muchos jonrones conectados por bateadores que normalmente no los conectan, o que no suelen conectarlos de esa manera. “Este año he visto demasiados jonrones que no parecen normales”.

De acuerdo a Dan Warthen, ‘coach’ de lanzadores de los Mets: “Hay mucha gente molesta con las bolas. Uno ve a tipos bateando por la banda opuesta, rompiendo sus bates, y las bolas salen el parque”.

“Son las bolas”, afirmó. “Los lanzadores están tirando más duro con ellas, pero estas no se mueven tanto como antes, así que están quedándose en el medio”.

En efecto, si bien los noventa y principios del 2000 fue la era de los super jonroneros, ahora el béisbol está viviendo la era de los super lanzadores, donde parece que todos los equipos tienen serpentineros que se acercan consistentemente a las 100 millas por hora.

Y eso de por sí puede ser el causante del auge jonroneril.

Al igual que en los años noventa, el béisbol ha reaccionado, y lo ha hecho asegurando que se han hecho pruebas a las bolas y estas no reflejan ninguna diferencia estructural, ni espiritual ni… lo que sea.

De acuerdo a otro artículo, Major League circuló el sábado un memo entre los 30 equipos encaminado a desalentar estas especulaciones.

“Después de varias pruebas, se determinó que las bolas que se están usando caen dentro de todas las métricas importantes. Más aún, no hay evidencia de que la composición de la pelota haya cambiado en modo alguno que pueda conducir a tener un impacto significativo en el campo de juego”.

Pero de todos modos hay gente que seguirá convencida de que hay algo raro con las pelotas… y quizá sea mejor así.

Porque, pensar lo contrario, sería especular, como ya especulan algunos, que los nuevos toleteros se están valiendo de nuevos métodos científicos para evitar dar positivo a esteroides.

Y que las pelotas, otra vez, no son el problema.

 

 

 

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