Nota: Este es la 2da parte de las historias de Torpedo Joe.

 

 

Tenía trescientos setenta pesos conmigo y dos mil en cualquier correo. El plan b se iba tirando.

En un Salvation Army, por seis pesetas, compré tres camisas de franela y dos pantalones de faena de medio uso. Me cambié allí mismo y doné el uniforme y los zapatos que llevaba, que era ilegal usarlos, menos el abrigo y los guantes que eso no le hacía. Conseguí unas botas casi nuevas de invierno un poco sueltas –hacía un frío del carajo—y retuve el traje de calle y el coat y los zapatos de vestir en el duffel bag. Antes de salir compré un sombrero que había estrenado algún muerto.

De modo que para las dos de la tarde de la víspera de Navidad estaba vestido de obrero en un coffee shop, leyendo la crónica deportiva del New York Daily News que daba cuenta de mi sorprendente victoria contra el favorito que era prospecto en el escalafón mediano. Estaba en cuatro párrafos largos y mencionaba el detalle de dos hombres que fueron golpeados en el camerino. Añadía el cronista que me había tragado la tierra, que no aparecía por ningún lado.

La Policía encontró las armas. Los agredidos decían no recordar nada ni reconocían la procedencia de las armas que de todos modos estaban en un zafacón, no en sus personas.

De Salvatore un párrafo, en recuadro al final de la historia. Decía que se mantenía vivo pero en estado de cuidado en un hospital privado.

Guardé la página del Daily News en el bolsillo del abrigo. La historia llevaba una foto de estudio de Bobby Salvatore y otra, más destacada, de cuando le encajé el primer gancho que le hizo trastabillar en el tercer asalto. El intertítulo de los párrafos decía “upset in the prelim”.

Caminé bajo nieve hasta la calle Chelsea que ya conocía. Había media docena de casas que alquilaban habitaciones. Llegué al 323, donde viví dos meses luego del licenciamiento en lo que me asumía. Todo seguía igual con la excepción de un aire de esmero vecinal y de carros más nuevos en las calzadas.

El dueño de la casa se acordaba de mí y por leche tenía una habitación de segundo piso. Me preguntó si todavía boxeaba. Le dije que sí pero que no había tenido mucha fortuna.

–Era welter, ahora soy mediano y esa división es difícil.

–Cierto, hay mucho pegador; La Motta, claro, Cerdan se murió.

–¿Cómo esta la situación de trabajo?

–Trabajo hay, depende qué sepas hacer.

–Fui troquelero en el Navy y antes era mecánico de bicicletas y de Whizzers.

–De lo primero hay en Hartford, de lo segundo poco. Ya las bicicletas que se iban a vender se vendieron hoy. Creo que hay un taller que las repara en la calle Federal, queda cerca de un gimnasio.

Buen tipo el casero. Le pagué un mes por adelantado y me invitó a cenar por ser Nochebuena. Hizo un pavo al horno y lo adornó con más mierda que un pozo muro. Lo puse en antecedentes en la sobremesa, la lengua aceitada por un litro de wild turkey. Le mostré el recorte del Daily News; el anfitrión lo leyó detenidamente.

Sacó un cigarro de la petaca. Se escuchaban coros por la vecindad cantando villancicos y la mezcla de algunos programas de variedades en las radios. Las casas iban bastante pegaditas.

–Entonces, mandaste un tipo al hospital. Lo del camerino no lo entiendo, pero presumo que tuviste que ver con eso. Estás huyendo.

–No. Estoy de vacaciones en un sitio conocido donde pasé cuatro años y que nadie asocia conmigo. No conozco a nadie en Nueva York. Quiero descansar un poco.

–Entiendo. Podías estar en tu país fiesteando, pero decides venir aquí en víspera de Navidad a comer pavo con un viudo, porque puede haber gente en La Guardia o en el terminal de Grand Central con el Daily News bajo el brazo. No es bueno huir, pero aquí estás seguro. Descansa un tiempo y luego vete a Chicago o a Wisconsin. Allí hay fabricas de bicicletas y un matón de Nueva York sobresale como un obispo en un baile de putas.

…y aléjate del boxeo, ni gimnasio ni smokers ni carteleras que las hay por todas partes. Tienes 24 o 25 años. Estudia algo con la mesada militar.

Esperé a que terminara el cigarro. Me despedí al pie de la escalera.

— Feliz Navidad.

Pasé una semana descansando. Almorzaba y cenaba en los restaurantes del vecindario, donde siempre había una que otra mesera que recordaba. Eran mujeres jóvenes y guapas de por allí. Dos de ellas me atendieron. Una me preguntó si volvía para quedarme, la otra me reprochó que en estos años ni siquiera una postal.

Leía uno que otro diario de Nueva York, buscando secuelas a mi historia y a la del muchacho que seguía en coma. Me pasaba las tardes escuchando la radio de la sala. El casero era dueño de una pequeña gasolinera que abría a las seis de la mañana y llegaba sobre las siete de la noche a la casa.

El 31 de diciembre gasté un dron de pesetas en un teléfono público y llame a Gabriel Tejera, un cronista deportivo que conocía en El Imparcial.

–¿Qué pasa Navarrete?

–Tú has visto a Bobby Maina?

–Anoche, en el Blue Moon. Te está buscando hace una semana para darte un dinero. Parece que firmó a otro boxeador porque andaba con un tipo que parecía un caterpillar con dos brazos.

–¿Te contó de la pelea?

–Me contó del nocaut y que el muchacho sigue en el hospital. Me dijo que te fuiste sin verlo y sin cobrar. ¿Pasa algo?

–Nada pasa. Dile que si lo veo lo mato.

–Carajo…

Colgué el teléfono.

Al menos Maina salió con el pellejo intacto, tan tan que andaba de putas y tragos. Por la noche, le dije al casero que tenía que hacer una llamada a San Juan de madrugada y le adelanté veinte dólares. El casero asintió. Me ofreció whisky.

–Se terminó el año y la década. Brindemos, dijo. Se bebió media botella mirando la foto de su difunta esposa en la mesa del centro. Le di las buenas noches y lo dejé en su tristeza.

A las dos llamé a Maina. Lo agarró un tal Nicky al tercer timbre.

–Maina.

Lo escuché cuando despertaba a Maina, que contestó azorado.

–¿Si?

–Cuéntame qué pasó, Bobby.

–¿Dónde estás?

–Eso no importa. Feliz año nuevo.

–¿Por qué te fuiste sin esperarme?

–Porque los dos matones que te interceptaron vinieron al camerino armados.

–Los mandé a buscarte, me interceptaron para que conversara con el manager del muchacho. Me enteré que los manoseaste un poquito.

–A Dios que me dio esa bendición; tú le hubieras dado el culo, so maricón. Además, el manager me miró con ganas de matarme.

–Eso fue de admiración…ese gancho tuyo…le salvaste la noche.

–No entiendo un carajo.

–El me explicó de nuevo a mí y a mi compadre que su pupilo no quería tirar la pelea o que dijo que sí y después que no o algo así. Se suponía que la tirara porque había otros planes. Apostó a ti de todos modos, pero agonizó por cuatro asaltos porque Salvatore no quería zambullirse.

–Carajo. Pobre muchacho.

–Murió la víspera a las siete.. Nunca recobró el conocimiento… Atiéndeme, Luigi quiere comprar la mitad de tu contrato. Tenemos que vernos.

–Que se vaya al carajo, ah, y tú también. ¿No se te ocurrió venir a buscarme y mandaste a dos matones?

–Es que estaba hablando business.

–Pues págame lo que me debes, que Tejera me dijo que tenías una moneda para mí.

-Te tengo dos peleas más en Caracas, donde nunca has estado y te lo he prometido. Estaremos un mes por allá. No puedes cancelar el contrato.

Maina colgó el teléfono.

Me vestí de calle, traje y corbata y el abrigo. Esa pendejada de peleas en Caracas me dejó mal y pensando. Maina estaba vigilado y me quiso dar aviso de que no regresara.

Dejé el resto en el duffel bag, pero guardé la libreta bancaria y el escapulario en el bolsillo del pantalón. Le dejé una nota al casero explicándole mis putas prisas.

Escribí: Regreso a Nueva York. Vuelvo a San Juan. Hace mucho frío. Gracias.

Pedí un taxi que me llevó a la estación de trenes. Agarré uno que salía para Chicago.

En Chicago bajé del tren y pregunté por un hotel módico. Me señalaron uno en Webster y State Street.

–Es para vendedores viajantes, siempre hay gente entrando y saliendo, me dijo un taxista.

El hotel se llamaba Porter Arms. Apalabré una habitación con baño y teléfono. Pagué tres días por adelantado. Dejé un depósito de $20 para llamadas telefónicas.

Había sido un día largo. Afuera nevaba con fuerza. Me di un baño caliente y me tumbé a dormir. Me despertó el hambre al mediodía siguiente.

Almorcé y deambulé por las calles pensando en mi situación particular. Allí donde estaba no iba para ningún lado. Pelear no era opción ni aparecer en carteleras. Trabajar en fábricas de bicicletas o de mecánico no me dejaría lo suficiente para un pasar a mis gustos. Cincuenta pesos semanales en un machine shop tampoco. Lo más aconsejable sería volver a San Juan, a mi ambiente.

(continuará…)

 

 

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