¿Por qué son exitosas las ligas independientes?

Si bien es verdad que en la liga de béisbol profesional boricua hace años que no juegan masivamente las principales estrellas boricuas de las Mayores, como ocurría en sus años de gloria, hay indicios que sugieren que esa no es tal vez la razón por la que antes los parques se llenaban y ahora se mantienen casi vacíos, aunque este año ha hecho unos esfuerzos encomiables e innovadores que parecen estar dando resultados.

En un artículo publicado recientemente por la página cibernética especializada en temas beisboleros, BallparkDigest.com, se detalló la asistencia registrada este año por los equipos pertenecientes a las ligas independientes, y, por cierto, la información resulta impactante.

En Estados Unidos hay cinco ligas independientes de béisbol profesional -es decir, organismos que no están atados al béisbol organizado ni a MLB y que se nutren mayormente de jugadores descartados- y, según el artículo, muchos de estos equipos promedian asistencias de miles de fanáticos a sus juegos.

Un ejemplo: los St. Paul Saints de la American Association atrajo este año a 408,921 fanáticos a sus 50 juegos locales, para un promedio de 8,178 por partido.

Y el equipo que menor asistencia tuvo en ese circuito de 12 novenas -los Cleburne Railroaders- tuvo una asistencia de 64,226, para un promedio de 1,285.

La asistencia promedio a los juegos de toda la liga, que en total atrajo a 1,891,794 fanáticos, fue de 3,251.

Los siete equipos de la Atlantic League, de donde provienen muchos de los refuerzos que juegan en la liga boricua y es considerada la más fuerte, competitivamente, y la que mejores salarios paga, atrajo 1,849,845 fanáticos en su temporada de 70 juegos locales, con un promedio de 3,894 por partido.

El veterano toletero boricua Randy Ruiz, quien jugó en 2014 y 2015 con los Long Island Ducks de la Atlantic League, puede dar fe de que todo eso es cierto.

“Metían 3,000, 4,000 y 5,000 fanáticos en todos los juegos”, dijo. “Me gustó mucho jugar con ese equipo, porque tenía mucho respaldo y se veía que era una organización muy poderosa”.

“Hacían muchísimas promociones y hasta había días que no cobraban la entrada”, dijo, “pero quizás lo más importante era que no había otros equipos de liga menor jugando cerca de allí”.

“Pero sí tenían muchas estrellas o hasta ex superestrellas, que habían estado en Grandes Ligas, y a la gente le gustaba seguirlas viendo”, agregó. “Cuando yo jugué allí tenían a Rich Hill, J.C. Romero. Dontrelle Willis…”. (en la foto).

Hill, naturalmente, luego regresó al béisbol organizado y ha triunfado hasta el grado de que en los dos últimos años ha lanzado con los Dodgers de Los Angeles en la Serie Mundial.

Randy Ruiz vistió el uniforme de Long Island y quedó muy impresionado con la Liga.

 

Las otras ligas no están a ese nivel, por supuesto, pero de todos modos presentaron números bastante impresionantes: el promedio en la Can-Am League, de seis equipos, fue de 2,019 por juego; el de la Frontier League, de 12 equipos, de 2,215 y el de la Pacific Association, de seis equipos jugando temporadas de 80 juegos en el área de California y sus alrededores, de 259.

¿A qué se deben esas asistencias, y por qué no ocurre algo similar en Puerto Rico?

Randy se lo atribuye a los dos factores ya mencionados por él: la presencia de algunas estrellas o exestrellas de renombre, y la ausencia de competencia beisbolera directa en las cercanías.

“Yo creo que en Puerto Rico hay muchas más fuentes de diversión”, dijo, “aparte de que no hay dinero, especialmente después del huracán María”.

El agente de peloteros boricua Edwin Rodríguez, quien representa, entre otros, al estelar relevista Edwin Díaz, coincide con Randy en ese aspecto del aislamiento geográfico y de las reducidas alternativas de entretenimiento en las ciudades que tienen equipos en estas ligas.

“Esto aplica y también a muchos equipos de liga menor (del béisbol organizado)”, dijo. “Recuerdo una vez que estuve en Greenville, Tenesí, que tenía un equipo en la liga Rookie nocturna, y era un pueblo que solo tenía un restaurante y no tenía cine. ¿Adónde iba a ir la gente de noche, si no era al parque?”

Pero Edwin señaló otro aspecto importante: “Cada una de estas ligas es diferente y tiene sus propias reglas, pero todas limitan la cantidad de jugadores profesionales que puede tener cada equipo, y el nivel”.

Por ejemplo, dijo, la Frontier League no permite que jueguen peloteros que hayan estado más arriba de Doble A en el béisbol organizado, mientras que otras ligas ponen límites de otro tipo.

“No sé los números exactos, pero limitan la cantidad de exprofesionales que puede firmar cada equipo”, dijo. “Por ejemplo, puede ser que en una liga un equipo solo pueda tener cinco exprofesionales, y que solo dos de ellos hayan estado en Grandes Ligas”.

“Los demás son aficionados”, agregó.

“Pueden ser jugadores del pueblo, o de pueblos cercanos, que jugaron béisbol universitario y luego siguieron hacia otras carreras, pero que tienen talento y quieren seguir practicando el deporte”.

La intención básica de esa limitación, explicó, es mantener el balance competitivo.

“Hay equipos que tienen mucho dinero y que podrían llenar su roster de exjugadores de Grandes Ligas”, dijo.

Pero el resultado indirecto ha sido el que “la mayoría de los jugadores de estos equipos son gente que la gente del pueblo conoce y ve en el mall, habla con ellos y son sus amigos”, dijo.

“Y la gente se identifica con ellos y va al parque a respaldarlos”.

Es algo parecido, comentó, a lo que ocurre en la pelota Doble A en Puerto Rico, o en especial lo que ocurría cuando en la Doble A se imponía un límite a la cantidad de profesionales que podía jugar con cada equipo.

Rodríguez no lo dijo pero, además, ese era también, en gran medida, el tipo de identificación que existía en la época de oro del béisbol invernal cuando incluso los refuerzos vivían en los pueblos donde jugaban sus equipos y volvían todos los años.

¿Podrá existir nuevamente algo parecido en este béisbol?

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