La muerte busca un entry

Pasa muy rápido. Fracciones de segundo. Y da igual que sea en una carrera de reclamo barato en el Hipódromo Camarero que en una de las pruebas millonarias del Breeders’ Cup.
“Carajo, se cayó un jockey”, grita con angustia un televidente.
El jinete apenas se mueve. Mala señal. Casi siempre se incorporan como si fueran de goma, se limpian el fango de la blusa y los pantalones y se marchan al jockey room. Y a seguir montando.
Pero hay ocasiones en que el asunto es más complicado, de vida o muerte, como bien puede testimoniar John Velázquez, el puertorriqueño miembro del Salón de la Fama de la hípica norteamericana que sufrió una aparatosa caída en el Hipódromo Santa Anita durante la edición de 2013 de la carrera Juvenile Fillies de la Copa de Criadores. 

El látigo de Carolina fue transportado de emergencia a un hospital cercano al redondel y allí luchó por su vida durante varios días antes de ser trasladado a Nueva York … con un órgano de menos.
“Lo primero que uno piensa es ver si estás moviendo todas las extremidades. Y después dónde duele y qué tan malo es el dolor”, recuerda ahora Velázquez, de 46 años.

“Al momento no sabía qué tan mal estaba, pero sí me dolía el estómago y una rodilla. Pensé que me había fracturado la rodilla. Los enfermeros llegaron (a la pista) y lo único que me preguntaron fue si estaba bien y que si podía pararme. No eran buenos enfermeros. Me estaban apresurando para sacarme de la pista. Y les tuve que decir que no había prisa. Que me dieran tiempo a recuperar mi respiración… que todavía no podía respirar bien. Les pedí que me ayudaran a parar y caminé unos pasos, y les dije que me iba a desmayar”.

Si usted ha conducido un caballo de paseo a casi cero millas por hora, por el campo o la playa, y en algún momento siente que no puede controlarlo, piense en uno que va a unas 35 o 38 millas por hora, junto con 12 o 13 más, con el fin de llegar primero a la meta. Piense que si se cae, cualquiera de los otros que venga detrás puede pasarle por encima. Y se dará cuenta que usted quiere mejor tratar como barbero o bartender.

Velázquez recuerda que fue trasladado en ambulancia al hospital, y en el camino fue estabilizado.

“Sabían lo que estaban haciendo y rápido me cogieron la presión y sabían que había algo malo. Empezaron a ponerme suero rápido y me pusieron un collerín. En el hospital de trauma me recibieron como tres diferentes doctores y tres enfermeros. Enseguida me llevaron a un cuarto, me hicieron un sonograma y me sacaron placas por todas partes”.

Internamente sangraba mucho, dice Velázquez, a quien le fue removido el bazo en una intervención de emergencia. 

“Se dieron cuenta de que estaba sangrando por dentro, pero era tanto que no sabían de donde salía. Me hicieron una transfusión de sangre y ya en esos momentos yo estaba empezando a perder el conocimiento. Recuerdo lo que me estaban haciendo, pero no podía hablar”.

Igual que en una carrera, el equipo de médicos y asistentes se movió rápido. En el camino a la sala de operaciones, Velázquez pudo ver a su esposa Leona y sus dos hijos.

“Les dije que los amaba mucho”, recuerda que habló como el que no sabe lo que le depare el destino.

“Antes de llegar a la sala de operaciones, el doctor le dijo a mi esposa que tenía cinco minutos para salvar mi vida”.

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