Fufi, Pantalones y el candungo

Se me han ido dos viejos amigos, o lo que es lo mismo en este caso, dos amigos viejos.

Me imagino que los dos o tres que me quedan mayores que yo me sacarán el cuerpo de ahora en adelante.

Fufi se murió en abril pasado, y todavía en mi diario vivir utilizo sus frases y hago sus chistes. Y moriré haciéndolo, porque se trata de una persona a la que aprecié y admiré durante muchos años, más bien décadas, y con la que mantenía una comunicación constante.

Durante muchos años, más bien décadas, frecuentábamos el hipódromo a “jugárnosla como maní”, como él decía, y a reírnos de la vida. Y frecuentemente era la mesa del restaurante separada para Pantalones Santiago nuestro centro de operaciones.

Igual que con Fufi, siempre tuve una relación especial con Pantalones. Tal vez el denominador común entre los tres eran los caballos, aunque naturalmente, ambos eran versados en otros deportes y las horas pasaban entre anécdotas de un lado y el otro. Y yo en el centro.

Claro, cuando se acercaba el post time y se hacía un alto en el tema del momento, ahí mismo florecía una de las grandes diferencias entre ambos: la del bolsillo. Mientras Fufi sacaba algunos pesos emburujaos, Panta metía la mano casi hasta el codo para extraer una enorme paca de dólares.

Pantalones tenía fama de ser extremadamente puntual en sus pagos, al punto que muy frecuentemente lo hacía por adelantado, tanto en los caballos como cuando fue dueño de algún equipo de béisbol.

—Todo el mundo me coge de pendejo, solía decir, sin que nadie le creyera.
Y no había forma de creerle. Fue en su momento uno de los principales dueños de caballos del Hipódromo El Comandante, así como el productor de la transmisión de televisión y radio de las carreras. Y el programa oficial de las carreras que usted y yo utilizamos para hacer nuestras apuestas fue suyo también.

Hizo un dineral en la producción de eventos deportivos para la televisión; fue manejador de boxeadores, y aunque decía que no le gustaba el boxeo, era su licencia de promotor la que su amigo y socio Don King utilizaba para presentar sus carteleras en Puerto Rico cuando los apellidos de los campeones eran Gómez, Benítez, De Jesús, Camacho, Laporte, De León, Ocasio, Rosario, etc.

Sí, claro, todo un pendejo.

Recuerdo que a principios de la década de los 80, el entonces editor deportivo de El Nuevo Día, mi viejo amigo Chu García, me asignó un reportaje sobre Pantalones que cubriera todos los ámbitos deportivos en los que este se desenvolvía. Así que iba yo a entablar un diálogo con uno de los héroes deportivos de mi papá para hablar de béisbol, boxeo e hipismo. Y sin prisa.

Pantalones y su esposa Matilde (Doña Mati) me recibieron en su casa en Reparto Metropolitano, y allí pasé varias horas, entrevistándolo y revisando fotos y recortes de periódicos. En mi Barrio Obrero diríamos, curándome.

Antes de irme le pregunté sobre la leyenda que siempre escuché de niño y que me relataba mi papá, de cómo era posible que él haya estado un domingo lanzando en Ponce y también en el hipódromo.

Y me explicó algo así:

—Era doble juego y yo tiré el primero, y luego me monté en un avión para San Juan y me fui para el hipódromo. Y la gente que estaba siguiendo el juego por radio no podía creer que yo estuviera allí.

Al igual que con Fufi, los cuentos de Pantalones eran material para un libro. Y así fue. El mismo Fufi lo escribió, utilizando para la portada la misma caricatura que preparó el ilustrador de El Nuevo Día para el reportaje.

El martes, como era de esperarse, recibí muchas llamadas de amigos y conocidos preguntándome por Pantalones. A uno de esos amigos viejos que me llamó, mayor que yo, le pregunté:

— Y tú, ¿cómo estás de salud?

— Estoy muy bien, me dijo.

—Pero, olvídate, que el bolo mío está en el candungo hace rato.

Maldito candungo.

 

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